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Acoso en las aulas

Las instituciones educativas son espacios de poder en el que confrontan intereses contrapuestos y conviven personalidades distintas, dando lugar a  conflictos.
Los diferentes tipos de acoso físico y psicológico encuentran un ambiente propicio para su desarrollo. El hostigamiento psicológico en espacios escolares se denomina técnicamente bullying, término británico que proviene del verbo “to bully”, que significa tiranizar, intimidar.

El bullying lo ejercen profesores con alumnos, tomando a alguno de ellos como centro de sus intimidaciones (y también a la inversa) o, en los casos que se dan entre alumnos, cuando alguno de los estudiantes se transforma en eje de burlas o se practica un menosprecio sobre su persona, por parte de uno de sus compañeros o de un grupo de ellos. Las agresiones pueden quedarse en el terreno psicológico o tomar, en algún momento, forma física.

Las características del bullying


Para que exista, debe registrarse un comportamiento repetitivo de hostigamiento e intimidación, cuyas consecuencias suelen ser el aislamiento y la exclusión social de la víctima. Ésta es elegida, en general, porque cuenta con alguna característica peculiar que la hace diferente al resto: lleva gafas, repitió el curso, es de otro color que la mayoría del alumnado, entre otras.
Si la conducta intimidatoria se mantiene en el tiempo y la víctima no puede remediarlo, las consecuencias van desde una disminución en el rendimiento escolar, pasando por problemas gastrointestinales hasta llegar, incluso, al intento de suicidio.

Hablamos de acoso escolar cuando se cumplen al menos tres de los siguientes criterios:

– La víctima se siente intimidada.
– La víctima se siente excluida.
– La víctima percibe al agresor como alguien más fuerte.
– Las agresiones son de intensidad creciente.
– Las agresiones ocurren generalmente en privado.

Los reiterados casos de asesinatos masivos en universidades norteamericanas parecen tener relación con el bullying: muchos de los asesinos registran un historial de maltrato y acoso, que explota bruscamente en algún momento.
Por otro lado, muchas veces los docentes y los centros escolares no hacen demasiado por encarar la problemática. Desestiman las quejas de los alumnos, protegen incluso a los agresores, tapan todo por miedo al escándalo.

Es hora de ver con otros ojos esta cuestión, todos recordamos en nuestra historia escolar al compañero que era tomado de punto o, quizás, lo sufrimos en carne propia. Es necesario un cambio, para que la escuela no se transforme en una fábrica de resentidos ni fomente la desintegración social.

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