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Casados con la familia

¿Quiénes son los demás? Todas las personas que los rodean: la familia, los hijos, los padres, los suegros, los mejores amigos… La lista podría ser interminable.

Muchas parejas sienten malestares que no caben dentro de las etiquetas conocidas: “Me puso el cuerno”, “No pela a mi familia”, “Es un tacaño”, “Es celosísima”, “Descuida a los niños”, “Siempre llega tarde”, “Se le olvida mi cumpleaños/aniversario/santo”… Algunas son unisex, otras son más típicas de uno de ambos y todos las conocemos. Pero, ¿qué pasa cuando tú te sientes mal y la causa no te es tan clara? Ese desconcierto de no saber qué pasa, pero sí darse cuenta de que algo pasa es uno de los sentimientos más estresantes que hay. “No sólo te casas con él/ella, sino con toda su familia” se dice por ahí. Y es cierto. Pero hay otros ‘terceros’ que, aun siendo adorables, pueden representar un peligro oculto. Te platico de algunos que ya se han estudiado en países latinos con costumbres similares a las del nuestro.

Los días con la familia
A veces, los suegros pueden contribuir a terminar una relación en su afán por consolidarla, pero con los métodos equivocados. Establecer esas famosas y tradicionales reuniones “en la casa de mis papás” como si fueran una obligación fiscal (y por tanto ineludible), es bastante serio y atenta contra la flexibilidad y la espontaneidad de la relación de pareja. Pero sobre todo, atenta contra la posibilidad de construir un modo de comunicación único e intransferible que le sirve a una pareja y nada más. No es exportable, ni se pretende ejemplo para nadie más.
Y lo más grave es que cada visita causa –aunque sean leves– tensiones previas y posteriores a la reunión. ¿Por qué esas tensiones? Porque la hija o hijo político se siente obligado, más que inclinado a ir y por lo tanto, no va a gusto. Siente que va a pasar revista, que lo que diga, haga, cómo se vista o simplemente su existencia, causarán comentarios. Aunque sean elogiosos, hay una tensión previa. ¿Y qué tal el análisis posterior?: “¿Pero por qué le contestaste a mi mamá cuando te hizo ese comentario?” o “¿Por qué regañaste a los niños? No ves que a mis papás eso los angustia”. Y así podría llenar un libro. Los niños van a quejarse de sus papás con los abuelos, ella dejará caer algún defecto de “su” hijo ante los suegros, el papá de ella nunca le perdona a su yerno cómo trata a su “reinita”… ¡Pobres suegros! ¡Y pobres yernos y nueras! No es fácil quedar bien con los parientes políticos… La verdad, es preferible que ella visite a sus papás por su cuenta, él a los suyos y que sólo de vez en cuando ambos vayan juntos a la casa “de él” o “de ella”.

Los amigos inseparables
Esto se refiere a andar de “pega-pega” (o ‘para arriba y para abajo’, que es lo mismo) con otra pareja o con un determinado grupo de amigos. La “pega-pega” con otros contribuye a ‘despegar’ a la pareja, porque se quiera o no, la relación de los otros influye como modelo a seguir o a evitar; se aplican ejemplos y se compara, que es algo muy molesto para quien sufre la comparación. Comienza aquello de “Fulano sí es muy detallista…” (bajita la mano está diciéndole ‘y tú no’) o “Ella es tan buena ama de casa…” (velada acusación de no ser igual). Otro problema por el cual hay que tener muy buenas amistades, pero no vivir cosidos a ellas, es que la pareja se va desacostumbrando a estar sola.

FIn de semana ¡a prueba de fuego!

Se piden más divorcios los lunes que ningún otro día, seguramente porque es el momento en que ella y él se quedan “al fin solos”. Si no están acostumbrados a pasar esos días juntos y solos, las fricciones o la falta de “pegamentos” auténticos en la relación salen a relucir. Los amigos del ja, ja, ja, los niños a los que ‘hay que llevar al cine, a la feria, al parque y a ver a los abuelitos’ son un buen pretexto para estar juntos en apariencia. Pero en la realidad, es que no saben estar juntos ellos dos solos. Muchas parejas se divorcian cuando los hijos crecen y se van de casa; no había una verdadera comunicación de pareja, todo era a través de los hijos y cuando éstos se van, ponen en evidencia que esa pareja sólo funcionaba a través de la paternidad y la maternidad y no por su cuenta.

Contigo, conmigo y con ellos
El noviazgo es muy buen momento para ir poco a poco entrenándose –ambos– a salir solos como pareja; a que haya ciertos lugares que son para ir juntos sin nadie más. También es importante llamar tú y proponer de pronto una cenita, desayuno o almuerzo inesperado “porque sí”; salir solos al cine, ir a un sitio distinto y comentarlo después entre ambos. Y no juzgar a la pareja por cómo se comporta con los futuros suegros, con la amiga o el amigo de toda la vida, con la tía o con la prima. Un consejo práctico es que te tardes un buen tiempo (mínimo 6 meses) antes de presentarlo con nadie, de llevarlo a bodas, bautizos o primeras comuniones. No dejes que se “te quemen las habas” por salir los cuatro con tu mejor amiga y su novio. Espérate. Escúchalo, obsérvalo, habla con él de tus gustos, preferencias y odios. Establece una comunicación.

A los galanes de hoy día –ya difíciles de por sí– les aterran las reuniones familiares, los festejos de compromiso como bodas y similares. Juega incluso a lo contrario: ponlo a prueba y dile que no lo puedes ver el sábado porque tienes una boda. Si a él le interesa, ya te presionará a su manera para que lo invites. Tú, igualmente, no aceptes a las primeras de cambio conocer a su mejor amigo, a su hermana o a su mamá. Parece atractivo, pero si esto se hace antes de tener una modalidad de relación propia, corres el riesgo de no tenerla nunca. Ya vendrá el momento de que lo conozca todo el mundo.
Así, cuando lleguen al matrimonio, a la paternidad y a la maternidad, todos se van a encontrar frente a una pareja bien estructurada y sólida, lista para enfrentar los embates de los demás.

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