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Consejos para la buena relación con las hijas

El sube y baja
Además de los cambios físicos que implica la adolescencia por cuestiones hormonales, también les cambia terriblemente el humor.
No saben quiénes son, ni cómo son, llegan a amar intensamente y después olvidan muy fácil. De momento, se aborrecen a sí mismas y a los demás. La autoestima se vuelve un péndulo, va de un lado al otro, o se creen lo máximo o se sienten feas, que nadie las quiere o como dicen: “nadie las pela.” Pierden la confianza en sí mismas y están sumamente irritables. Todo les molesta, si se les llama la atención o se les corrige se lo toman personal. Nuestras hijas en la adolescencia generalmente son muy sensibles e “hiper” susceptibles. Sensibles porque se emocionan y conmueven en un momento enternecedor
o se vuelven empáticas con el dolor ajeno. Susceptibles porque creen que todo va en contra de ellas y lo que sucede a su alrededor les afecta.

No pidamos al tiempo que vuelva
A veces las mamás queremos vivir a través de las hijas lo que nos faltó vivir a nosotras. Que hagan lo que nos hubiera gustado hacer
o darles lo que hubiéramos querido tener.

Nosotras ya vivimos nuestra adolescencia, ahora, les toca a ellas. No podemos pretender tener y querer lo mismo. Podemos compartir algunos gustos, pero no imponer los nuestros. Tristemente es una realidad, la rivalidad y la competencia se llegan a dar entre mamá e hija en dos aspectos:

1. A ver quién puede más, tú o yo: se vive como guerra de poderes y de controles. Esto no sirve, sólo deteriora y aleja la relación.

2. Él me quiere más a mí que a ti: esta rivalidad se da principalmente por el afecto del papá, la hija hace alianza con él y se van contra la mamá. Lo que busca aquí la hija es reconocimiento. Puede llegar a pensar que lo que no logra con uno, el otro se lo va a conceder, por eso la importancia de estar de acuerdo como pareja, establecer las reglas, marcar las pautas entre papá y mamá y respetarlas.

Cómo nos gustaría
Todas las mamás nos formamos un modelo en nuestras mentes de cómo deberían ser nuestras hijas o cómo nos gustaría que fueran: más aplicadas, más coquetas, más responsables… El problema empieza cuando su forma de ser no concuerda con la imagen que nos formamos de ellas, y ni qué decir cuando deciden “escoger a su primer galán”. Quizá efectivamente no cumplan con nuestras expectativas y esto es doloroso para ambas. Pero ¿quién nos aseguró que nuestras hijas iban a ser tal como nosotros queríamos?, ¿por qué tienen que serlo?

Amarlas y respetarlas
Debemos aprender a amar lo que vemos en ellas y dejar de reprochar lo que no son, respetar su individualidad y acompañarlas en la formación de su personalidad con una franca y sincera aceptación. Poder expresarles nuestra admiración por sus logros es un verdadero privilegio, así como subrayar sus virtudes y lo que hacen bien diciendo frases que refuercen su autoestima y les creen identidad.

La mamá modelo
Así como las hijas no son exactamente como quisiéramos, nosotras como mamás tampoco somos el modelo que ellas imaginaron, así que el trabajo es para ambas.

1. Ser conscientes de que fallamos y también nos equivocamos. Reconocer nuestros errores y aceptarlos frente a ellas.

2.
Asumir que no tenemos las respuestas de todo y para todo, se vale informarse o pedir ayuda. Decirles que estamos dispuestas a hacer un esfuerzo por cambiar algunas actitudes que les molestan. Erradicar del vocabulario: “es que en mi época”. Es mejor compartir cómo vivíamos las mismas experiencias por las que ellas atraviesan.

Para enriquecer la relación
• Estar cerca de ellas les abre un espacio de confianza, ingrediente esencial en la relación, que sólo se da cuando no se sienten juzgadas ni criticadas. Si sienten apoyo y comprensión de nuestra parte aunque se equivoquen, vendrán a contarnos lo que les sucede.
• Es vital estar al tanto de lo que les pasa.
• Transmitirles lo importante que son para nosotras y lo que nos preocupan.
• Expresarles y demostrarles lo mucho que las amamos.
• Hacerles sentir que nuestra aceptación es incondicional.

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