El buen jefe

“Leonor es la directora del área, ella siempre me da las órdenes o indicaciones volteada hacia otro lado, no me ve a mí, esto me hace sentir incómoda y muy mal. Cuando habla de mi trabajo hace muecas y gestos de desaprobación, en vez de decirme claramente en lo que no está de acuerdo. Para ella es muy fácil usar palabras que me hieren, su frase favorita es ‘¿puedes o no puedes?”, explica Alejandra, quien trabaja desde hace más de 3 años en una empresa de comunicación.
Los modales, la educación, así como con las buenas intenciones son cosas distintas, y por más que se quieran revolver, esto no es posible. En el ambiente laboral, es importante detenerse a pensar el motivo de las palabras que se dicen, si lo que se expresa de modo ‘educado’ es o no terrible o lastima la relación y el funcionamiento del equipo. La forma en la que el jefe se expresa sobre el personal, así como de su desempeño, es un factor que impacta no sólo en el clima laboral, también en el rendimiento.
¿Qué se puede esperar de un gerente o director que habla mal de los colaboradores y se expresa con desprecio de sus logros? La respuesta es sencilla, problemas. Natalia Gómez del Pozuelo, autora del libro Buen padre, mejor jefe, de Editorial Empresa Activa, explica que: “Hay que liberarse del complejo de superioridad, del convencimiento de que somos los que mejor hacemos todo”.

“Hablar de dientes para afuera”

Esta simpática expresión cae como anillo al dedo para explicar cuando una persona dice algo sin estar convencida y su motivación es el compromiso, obligación o deseo de quedar bien. Hablar de esta forma empobrece la imagen de quien lo hace y resta credibilidad a sus comentarios. Si bien es cierto que el dominio del idioma facilita la comunicación, también lo es que el lenguaje no verbal tiene el poder de fortalecer o debilitar un mensaje oral, por lo que la intención siempre quedará al descubierto.
Alejandra comenta que su jefa hace valer, de manera equivocada, su posición jerárquica al momento de entablar comunicación con ella: “Aunque llegue a mi oficina y me saluda, sé que lo hace para sentirse que está siendo ‘humilde’, no es sincera, me hace sentir como si me hiciera un favor”, y agrega: “Cuando la gente me pregunta cómo es ella, lo único que puedo decir es que es muy buena en lo que hace, pero que me encantaría que fuera distinta con la gente que trabajamos en su equipo”.
Algunas personas al momento de recibir una promoción, lejos de ser un estímulo para ser mejores profesionales, provoca cambios desfavorables en su conducta dentro de la empresa. A este respecto, Natalia Gómez explica que: “Mucha gente cuando llega a ser jefe, cambia. De repente son incapaces de comunicarse con nadie si no es a través de su secretaria, llegan tarde a las reuniones excepto cuando asiste un jefe más jefe que ellos mismos, hacen esperar a sus visitas, ya no son como eran”, y resalta: “hay que tratar a la gente como te gusta que te traten a ti”.
Finalmente, la autora del libro hace énfasis sobre el esfuerzo que requiere hacer el jefe para lograr compañerismo en su equipo, por lo que “se debe analizar si con la actitud se está poniendo una barrera: si se es prepotente o se da la sensación de saberlo todo, si se tiende a dar consejos que no se han pedido, si se hacen preguntas con las que se invade la intimidad del otro… si se tiene poco tacto y se suele hacer daño con comentarios, si la tendencia es a ‘soltar discursos’ o a decir frases como ‘lo que tienes que hacer es…’ o ‘cuando tengas mi edad entenderás’”, si es así, es urgente hacer un cambio.
No hay protocolo o buenos modales que logren la elegancia de una persona bien intencionada y honesta desde su saludo, por lo que, para comandar un grupo de trabajo con auténtica exquisitez, hay que reflexionar sobre las propias intensiones al momento en que se habla, escucha y por ende, actúa.

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