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El elogio, la droga que nos hace adictas

Pero hay dosis letales de cada uno de esos ingredientes. Una sobredosis de cualquiera de ellos te puede aniquilar como persona. Y hay un tercer caso, la aguda dependencia de la primera droga: el elogio. Le llamo droga porque nos hace estragos. Lo que ocurre es que desde pequeñas nos manejan con el elogio. Antes de aprender a hablar, ya una niña ha escuchado miles de veces los elogios que le hacen los demás. Me atrevería a decir que desde recién nacida ya una pequeña escucha los trinos y gorjeos de tías, de abuelas, de visitas y, en especial, de mamá y papá con las clásicas frasecitas de ¡Ay, pero qué linda!, ¡Está preciosa!

Y hasta la más fea ha escuchado por lo menos 10 veces en sus primeros días alguna de las frases peor-es-nada como ¡Qué graciosa está!, ¡Qué gordita más simpática! El aspecto parecía lo único que interesaba en una mujer, pero pronto ha ido cambiando esto y ahora también se elogia en la bebita la destreza al aprender a hablar, a gatear, a caminar y a desempeñar las primeras habilidades. Así como un exceso de crítica puede acabar con tu autoestima y con la seguridad en ti misma, el exceso de elogios puede tener efectos similares, porque sin ellos no existes; sin esas frases aprobatorias, tu yo se marchita, incapaz de valorarse a sí mismo.

Dime cuánto te chulean y te diré en qué peligro estás

Claro que se siente rico que alguien te llame bonita, inteligente o que te floree. Las mujeres guapas, atractivas o llamativas, viven un verdadero colapso el día que disminuye o cesa el elogio. Si tú has encontrado tu razón de ser en caminar por la calle segura de escuchar silbidos, piropos y por equis razón te faltan, hay un peligro real de sufrir depresiones, desde ligeras hasta severas. El peligro es que esa cantidad de elogios ya te hizo perder el piso de la realidad y conviertes la ausencia de elogios en la convicción de que padeces serias carencias o en autocrítica desmedida de defectos inexistentes. Tu depresión no parte de una realidad, sino de esa imagen de ti misma fabricada por los elogios de los demás.

Cómo romper la dependencia

Así como los adictos a la heroína se curan en los centros de rehabilitación tomando metadona (una sustancia que produce efectos similares, pero no crea adicción) tienes que encontrar sustitutos. Pero crearlos tú misma de manera que respondan a una necesidad tuya, no creada por los demás, y que más que burbujas de ilusión sean conceptos sólidos en los que siempre puedas apoyarte. Por ejemplo: si tu figura no es la ideal por exceso de peso, es positivo y constructivo que pongas manos a la obra de una nueva tú más esbelta y de mejores proporciones. Hacer dieta seria, equilibrada y supervisada hasta lograr el peso adecuado (ojo: el que corresponde a tu estatura, no a la imagen de la estrella flaquita que admiras; no te arriesgues a la anorexia), combinada con ejercicios programados que modelen tu nueva silueta no es una quimera ni es volverte la ‘muñequita’ que los otros quieren: es darte a ti misma la oportunidad de gustarte más, de estar más a gusto en tu piel y sentirte orgullosa de un físico logrado a pulso. Se vale entrarle a la cirugía plástica si algún rasgo no te gusta y te sientes mejor con el cambio.

Valores vs. elogios

El punto de vista de los demás es válido, pero no puedes permitir que sea tu única calificación. Aprende a rescatar, valorar y admirar tus propios méritos. Tuve una amiga que no era particularmente agraciada, pero su madre maravillosa la hizo ser la más segura de sí misma. Seguridad que proyectaba y que la hacía muy atractiva. La táctica de ella era observar lo que llamo “carencias rescatables”; o sea, volver positivo lo que podría considerarse negativo.

Para moldear su figura, en vez de decirle “no tienes buen cuerpo”, le decía “tienes mucha gracia para bailar y pensé en una clase de baile que te haga la mejor”. Y desde los 10-12 años la metió a danza clásica y moderna. Su figura mejoró y su forma de bailar se volvió realmente graciosa, tanto, que todas aspirábamos a ser como ella. Tampoco era muy buena con los números y siempre tenía maestro de matemáticas en casa; la mamá, lejos de subrayar la carencia, la estimuló a escribir, con la misma táctica de “tienes un don natural, así que voy a llamar a Fulanito para que lea lo que escribes y te dé consejos”. A los 18 publicó un libro de poesía. No podría juzgar ahora si era genial o mediocre, pero ese galardón que a todas nos dejaba boquiabiertas le dio confianza en un talento que sí existía en vez de ‘clavarse’ en su falta de aptitud para sumar o restar. Todos los seres humanos tenemos valores reales que a veces no vemos por aspirar a tonterías que son modas pasajeras. No corras –como las liebres de las carreras– detrás de esa zanahoria ficticia que es el elogio.

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