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El matrimonio: una receta única y maravillosa

El matrimonio es una institución; toda una serie de reglas y condiciones la integran; una serie de tradiciones y costumbres de nuestra sociedad componen sus estatutos. Y a la mitad del camino se encuentran este monumento sólido y milenario que llamamos matrimonio y el juguetón, veleidoso y cambiante sentimiento que llamamos amor. Hacer que se lleven y se refuercen mutuamente es todo un arte, pero muchos lo toman muy a la ligera.

¿Diferencias irreconciliables?

A simple vista parecería que hablamos del agua y el aceite. No es para tanto. Efectivamente, el matrimonio y el amor son los opuestos, pero hay forma de acercarlos y que convivan.

Cierto: el pastel de chocolate tiene como principal ingrediente el chocolate. Pero no es el único; para que sea pastel requiere harina, mantequilla, huevos, azúcar, y una lista de etcéteras más. El amor es como el chocolate, pero el pastel del matrimonio se hace con muchos ingredientes.
Un ingrediente importante es la paciencia: nuestro famoso pastel no se puede sacar del horno antes de tiempo porque queda crudo, ni esperar mucho porque se quema. Las parejas de hoy, acostumbradas a vivir en un mundo de satisfactores rápidos (‘instant coffee’, ‘palm pilot’, ‘clic’ en la memoria del celular, ‘on y off’ para ver y oír lo que quieres o apagarlo) no piensan que la vida en pareja se construye des-pa-ci-to. Además, los individuos que van a formar pareja son unos grandes individualistas que vivieron acostumbrados a manejar el tiempo y los antojos a su gusto. Y ahora son dos ritmos los que hay que compaginar, no uno solo; aprender a ceder y a negociar no fueron parte de la impulsiva educación de hoy, donde todo se resuelve desde el ‘yo’ y no desde el ‘nosotros’.
“Adonde tú soy yo, somos nosotros…”

“Al reino de pronombres enlazados” dice el poema de Octavio Paz. Ese reino lo inicia el amor, pero para que perdure, le hace falta el pegamento de la voluntad. Voluntad para ceder ante lo que hoy pide él y que él ceda mañana ante lo que pides tú; voluntad para poner límites: ‘te quiero’, no significa que puedas hacer conmigo lo que quieras; voluntad para aplazar lo que quieres hacer en este momento en función del bien de ambos. Y la voluntad parecería una virtud en extinción en este mundo de niños grandes y mimados que tienen una gran cantidad de satisfacciones garantizadas por el sólo hecho de existir. La voluntad es como los músculos: no te desesperes si no la desarrollas de un momento a otro, se logra poco a poco.
Ese reino maravilloso que sueña el poeta tampoco puede ser gobernado por un comité. Un comité compuesto por tus papás y los de él; o por los amigos de él y los tuyos. El reino lo tienen que gobernar el rey y la reina. Los cortesanos pueden asistir a los bailes y las fiestas por invitación, pero no instalarse en el palacio por tiempo indefinido ni imponer sus modos de ser a la pareja real. Esto por los problemas que pueden surgir de las familias políticas y los amigos, aún los mejor intencionados. La democracia es posible con sentido del humor. Dibuja letreritos que digan cosas como “Perdone las molestias que le causa esta obra”, “Camino en construcción” o “Desviación temporal”. En broma o en serio, haz que entiendan que ustedes están construyendo su propia relación y que las recetas de ellos pueden ser maravillosas, pero ustedes necesitan encontrar la suya. Y disfruten ustedes dos el proceso para encontrarla.

La Estatua de la Libertad

Dicen en broma los americanos que la libertad es tan peligrosa que ellos por eso la pusieron en una isla fuera del territorio de su país. Ciertamente la libertad es peligrosa, pero su ausencia también lo es. Cada uno de ustedes fue libre antes de casarse. Tenían un marco de referencia, claro, pero en su mundo –clases, trabajo, amistades, diversiones– eran libres de ir y venir. De pronto, todo eso parece que debe terminar. Y eso es un error. Convertirse en el carcelero del otro e impedirle que continúe disfrutando un porcentaje razonable de su mundo anterior es un absurdo. No se suele amar al carcelero, más bien se le odia. En nombre del respeto al “Matrimonio” así con ma-yúsculas, muchos hombres y mujeres han naufragado en su relación de pareja, ésa que empezaron como cuates, como cómplices en el delicioso juego del amor.

Jalil Gibrán dice: “Dejad que los vientos dancen entre vosotros” y creo que tiene razón. Estar juntos para todo no asegura una mejor relación. Sólo tú y tu pareja podrán decidir qué es lo que sí comparten y qué es lo que quieren disfrutar por su lado o con amigos. No es una falta de respeto a ti que él llegue tarde el jueves porque juega dominó con amigos (que te avise, claro) ni es una falta a él que tú te vayas con una amiga al cine y a cenar. Es muy sano y muy deseable. Hay muchos ingredientes más que podrían hacer que tu pastel llamado “Matrimonio” quede delicioso. Escucha las recetas de otros, pero tú y tu pareja son los únicos que pueden decidir aplicarlas o no.

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