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El mito de la supermamá

Ser madre hoy en día es mucho más difícil que nunca. Las madres del pasado ganaban el pan de sus hijos –trabajando en el campo, en talleres de todo tipo, incluso como microempresarias– pero nunca tuvieron que justificar su ausencia por la carga laboral ni temieron a los complejos o a los traumas.
Sin remontarnos a la historia, lectora querida, te puedo decir que mi mamá
y sus hermanos, al igual que sus primos y primas, nunca tuvieron ni siquiera la más remota idea de que su mamá podía ‘traumarlos’.
Se sentían agradecidos por el cuidado, la alimentación y la educación que recibían de ella y si no era amorosa o cercana, pensaban que ése era su carácter y no había razón para protestar, es más, agradecían los castigos, pues consideraban que los hacían gente de bien.
Ahora, las madres y los hijos vivimos bajo la ley del terror: los hijos se pueden acomplejar o traumar a la menor cosa que la mamá haga o deje de hacer. Ahora, que las madres tienen mucho más deberes y compromisos que nunca, que las distancias hacenla vida más complicada, ahora que sus responsabilidades laborales son más variadas y complejas que nunca, encima tienen el alma llena de temores y cuestionamientos a flor de labios hacia su propia conducta. Es que combaten contra un monstruo en una pelea desigual a todas luces: ellas solititas contra el mito.

La maternidad idealizada



Hacia fines del siglo XIX, muchas mujeres emprendieron una vida laboral propia, ya no en las tareas agrícolas del padre o del marido, ni en el taller del hermano o del hijo. Como los patrones, por ley, les pagaban a las mujeres la mitad que a los hombres (¿te suena?… viejas mañas que no desaparecen), contrataban más mujeres que hombres y ellos se sentían amenazados de perder el trabajo. Como eran bien hechas, terminaban más rápido, se emborrachaban menos y no le metían mano a los compañeros, los patrones tenían menos problemas con ellas. Entonces –¡qué creativos!– se les ocurrió el asunto de LOS TRAUMAS. Así con mayúsculas: todos los sabios decretaron que cuando una madre no está las 24 horas del día atendiendo a su criaturita desde recién nacida hasta los veintitantos años (¡y a veces hasta los 40!… todavía sucede), la hija o el hijo se podían traumar irremediablemente. Al mismo tiempo, se construyó esa figura, tan mitológica como las hadas o Santa Claus, de la Madre Perfecta. Monadas como “la que nos amó antes de conocernos”, “la que todo nos perdona” y “madre sólo hay una” surgieron entonces.
La madre pasó de ser una persona a ser una estatua. Y como las estatuas son de mármol o de bronce y están en las plazas públicas, su presencia en cada hogar se volvió una fuente terrible de problemas.

Toda mamá es una persona normal y aunque parezca, no tiene atributos divinos ni las capacidades de un superhéroe.

De carne y hueso



Una mujer es solamente un ser humano y como todo ser humano, se cansa, se enoja, se sale de sus casillas, tiene una paciencia finita y ama con amor de persona, no con un amor divino e inagotable. ¿Cómo puede competir una mujer normal con ese ser mitológico que nunca se cansa, que todo lo perdona, que nunca pierde los estribos, que es equilibrada, ordenada y de paciencia infinita? De una madre se espera que sea proporcionadora de todos los servicios, satisfactora de todos los requerimientos, responsable de todos los detalles de una casa y de una oficina, que atienda todas las necesidades de los hijos, pero además las del marido, la familia propia y la familia política, cumpliendo con las delicadísimas relaciones públicas familiares. Ah, pero aunque no puede olvidar un cumpleaños, ni descuidar la dieta balanceada de sus hijos y su marido, debe saber ahorrar y cuidar el presupuesto como no lo hacen ni los gobernantes que siempre andan pidiendo empréstitos y haciendo balances en números rojos.

Mejor una nana que mamá angustiada



Nuestras abuelas y bisabuelas fueron criadas por las nanas. O por una hermana mayor que la hacía de nana. Imposible para una madre, que se la vivía pariendo, ocuparse de 10 hijos o de 12. No recuerdo –ni creo que tú tampoco tengas esa imagen– a mi abuela o mi madre traumadas porque su mamá andaba ocupada en otras cosas.
Tú puedes ser una madre normal que ya derribó la estatua, que ya canceló el mito, que se acepta y acepta a sus hijos. Que los quiere como ellos son y como ella es.

Infelicidad = distancia del ideal

Algún psicólogo lo dijo: “La infelicidad es la distancia que separa la realidad del ideal”. La realidad no es fácil cambiarla, pero el ideal es sencillísimo de cancelar. Porque mucha de la insatisfacción, el estrés, los nervios y el insomnio que llevan a miles de mujeres jóvenes de hoy a la dependencia de los ansiolíticos o antidepresivos –e incluso al divorcio– se debe a la imposibilidad de representar todos los papeles que se les encomiendan y hacerlo a la perfección. Y de todos los que la sociedad le exige, el más difícil y el más peligroso es el de la maternidad perfecta, porque no existe esa persona que se le pide que sea. La ansiedad proviene de nunca llegar a las metas fijadas porque son alcanzables. La depresión proviene de una autoestima que siempre anda a la baja porque no se cumple con las expectativas incongruentes e imposibles.

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