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El secreto del rey Midas

“Más vale ser un hombre valioso, que un hombre de éxito”, dicta una famosa frase y quizá toda la fuerza de esta expresión se encuentra en el relato del rey Midas, ese hombre que pidió le fuera concedido un solo deseo: Que todo lo que tocara se hiciera oro. Este extraño don, lejos de ser un motivo de eterna felicidad para él, se convirtió en un fastidioso suplicio. Lo que antes él pensaba era un regalo invaluable, después fue un terrible castigo.

Cuando la palabra fracaso se instala en los oídos de un niño, tal y como ocurre en las caricaturas, la tormenta se desata y no hay quien pueda pararla. Esto lejos de animarlo a hacer una valoración justa sobre una situación, puede hacer que el pequeño mire de manera distorsionada sus capacidades, limitaciones, talentos, y por qué no, hasta los dones con los que nació, y algo que en un principio era felicidad, después se convierte en motivo de tristeza.

La lupa con la que se mira a una situación para etiquetarla de fracaso puede ser tan severa, cruel o relajada como ojos de padres en el mundo: Estar a punto de reprobar el año escolar, expresar intereses artísticos, sacar 8 en matemáticas, contar con pocos amigos, no tener belleza física o simplemente aprender con dificultad algún idioma o deporte, dependiendo de la familia en la que se dé, puede ser un buen motivo para desatar la tormenta.

Lo que para una familia puede ser un rotundo logro como es que su hija termine el segundo año de primaria, para otra puede ser una fuerte desilusión, porque si bien la concluyó, no fue la de mejor promedio.

La paradoja

El concepto del éxito puede ser tan ambiguo y confuso para alguien de 6 años como de 80, ¿de qué depende que un niño sea ‘triunfador’? Ángela Marulanda, autora del libro Sigamos creciendo con nuestros hijos, de Editorial Norma, explica que: “Hay una gran diferencia entre tener éxito y hacer que nuestra vida sea un éxito. Tener éxito implica obtener buenos resultados y sobresalir en una determinada área o actividad, pero eso suele ser efímero”.

La autora explica que a pesar de que frecuentemente se les dice a los hijos que las derrotas no importan, muchas veces se comunica todo lo contrario con las actitudes, “como cuando se demuestra mucho interés en que los niños ocupen el primer lugar y se alardean en público sus triunfos, se enfatiza lo importante que es ganar”.

Antes de ponerse la vistosa toga de terciopelo azul y la peluca blanca que todos los jueces usan, sería maravilloso que los padres dedicaran un momento a reflexionar sobre el mensaje que se inculca en casa respecto a lo que es una persona exitosa y la que no lo es. Igual de importante es hablar con los niños sobre el tema del fracaso, si este depende de los resultados o de la actitud, o incluso, si existe en caso de que, paradójicamente, se obtenga experiencia o aprendizaje tras un mal resultado.

Ángela Marulanda expone que una cosa que mina las posibilidades de que los hijos aprendan a aceptar sus derrotas con valentía, es criticarlos o compararlos con quienes lo hacen mejor. “El menor interpreta las críticas paternas como una falta de confianza en él y en sus habilidades, lo cual, además de precipitarlo al ‘fracaso’, lo convence de que es incapaz”, subraya y agrega: “Hay que construir sobre las fortalezas, no sobre las debilidades de los hijos”.

El Rey Midas aprendió su lección y pidió le fuera quitado su poder. Después de eso nunca más miró la riqueza de igual manera.
El fracaso es una palabra llena de sentencia que un niño no merece oír, menos experimentar. Los pequeños a lo largo de su vida tendrán logros y grandes victorias, derrotas y momentos tristes, pero uno de los mayores secretos del éxito está en que no importa lo que les toque vivir, es en la forma en que observen su vida y la experiencia que obtengan, lo que los convierta en personas valiosas.

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