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Estrategias para comprar la felicidad

Es un consuelo –si bien un poco mezquino y envidioso, creer que el dinero no puede comprar la felicidad. Filósofos y gurús, libros sagrados y manuales de autoayuda, todos advierten contra la futilidad de equiparar las ganancias materiales con el verdadero bienestar. Pero, ¿qué hay de cierto en ello?
Las investigaciones modernas en general, han respaldado esta visión, pero recientemente, se han matizado los hallazgos. Resulta que el dinero sí puede comprar la felicidad… si lo invertimos sabiamente.Hemera/Thinkstock

La relación tiempo-felicidad

Evidentemente, el dinero es necesario para pagar las cuentas. Contribuye a un sentido de productividad y autoestima. También hay evidencia de que nos ayuda a lidiar con el rechazo social.

Sin embargo, ganar más dinero frecuentemente significa trabajar más tiempo: horas que robamos a la familia, amigos y pareja o tiempo dedicado a nosotros mismos. Y este sacrificio también afecta la ecuación de la felicidad.

Se ha demostrado que después de alcanzar cierto nivel económico, en que tenemos lo suficiente para vestir, alimentar y alojarnos cómodamente, tener más dinero sólo incrementa el nivel de felicidad mínimamente. Estos hallazgos son prueba de las enseñanzas de San Francisco y la sabiduría de Buda.

Experiencias vs. dinero en el banco

Es posible que el dinero sí pueda comprar la felicidad, de acuerdo al giro más reciente de las investigaciones. Sólo que hay estrategias que funcionan mejor para lograrlo. Los renglones más redituables, en términos de felicidad, son:

a)    Vivencias. Se ha encontrado evidencia de que las experiencias positivas traen más felicidad que las posesiones materiales. El dinero que gastamos en unas vacaciones o el teatro, es dinero bien invertido en términos de la satisfacción que brinda.

¿Porqué? Por un lado, porque las experiencias suelen ser sociales —vamos de viaje o al restaurante con otras personas—, y cada vez que vemos a esas personas revivimos la experiencia.

Las experiencias también funcionan como un adhesivo social, proporcionándonos historias y conversación que compartimos con otras personas, aunque no hayan participado en el viaje o la comida en cuestión.

No sucede lo mismo con las posesiones materiales, que pueden detonar comparaciones perniciosas. Tu auto puede parecerte menos bonito cuando ves el flamante modelo que trae tu amiga.

b)    Otras personas. Quienes destinan su dinero a hacer regalos para otras personas o para fines sociales, reportan un nivel mayor de felicidad, de acuerdo a los estudios.
Pero no se trata de donar todo tu dinero e irte a vivir a una choza. Simplemente destinar $20 o $50 pesos al día a otras personas puede hacer una diferencia en nuestros niveles de felicidad.

¡Viva el materialismo!

Si estos estudios son atinados, mencionar dinero y felicidad en la misma frase no significa necesariamente que nos rendimos al materialismo más vulgar. También puede ser la ruta a una nueva y más humana forma de pensar en torno a temas importantes como el consumo, la satisfacción, la inversión y el valor de lo que obtenemos a cambio del dinero.

Estas ideas también pueden transformar la lógica tradicional respecto al dinero, la prudencia y la caridad. Visto de esta forma, “reventarse” un mes de sueldo en un fin de semana fuera de la ciudad no es necesariamente un desperdicio del dinero que con tanto trabajo ganamos, sino un tipo de inversión. Y una generosa donación filantrópica es un acto de hedonismo, tanto o más como estrenar un reloj o una pieza de joyería.

“Desaparecer” el dinero puede darnos retornos tan reales, y quizá más benéficos, que dejarlo crecer en un fondo de inversión…

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