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Gozar al máximo

Photodisc/ Photodisc/Thinkstock

No esperes a que algo “significativo” llegue a tu vida para disfrutar lo que haces. Hay más significado en el gozo mismo de lo que jamás necesitarás. “Esperar para empezar a vivir”, es una ilusión que rara vez se presenta.

Respira, date cuenta y goza el momento presente. Solemos pensar que el presente va a ser para siempre y olvidamos que se va rápido como 
el viaje de un cometa. ¿Te acuerdas de lo bien que la pasaste este fin de semana? Pues ya pasó, ya se fue, y dentro de las posibilidades está que 
no regreses a ese lugar o no vuelvas a disfrutar de la compañía de ese o de esos seres queridos. Cuando te enfocas en el presente, en lugar de hacerlo en el pasado o futuro, tu habilidad para gozar lo que haces –y con ello tu calidad de vida– aumenta considerablemente.

Los niños: maestros del gozo
A pesar del frío, nos descalzamos, nos arremangamos el pantalón y, tomados de la mano, nos dirigimos al mar. El sol ilumina levemente la tarde, no calienta nada 
y el viento de invierno sopla con ganas. El bebé de 3 años y yo, ataviados con chamarras, jugamos a acercar los pies poco a poco a las olas, tratando de que el agua helada no nos alcance. Felices, gozamos el momento.
Poco a poco, Pablito toma confianza y le pierde respeto al agua. Entre risas, advertencias, protestas y jaloneos, trato de controlar, con la cola del changuito que sus papás le amarraron a la espalda, su intento de adentrarse al mar.
Con 10 ojos vigilo que el agua no nos moje los pantalones, que la bolsa y los zapatos permanezcan en el lugar donde los dejé, y volteo hacia el restaurante a lo lejos, por si sus papás nos hacen señas para irnos. ¡Splash! En un instante de distracción, Pablito decide echarse de panza al mar a pesar del frío, del viento, de su chamarra, pantalones de pana y de mi supuesto control. La sorpresa del frío 
en la panza lo deja sin aire; sin embargo, con una sonrisa más grande que su cara, empapado y con el pelo escurrido de agua helada, goza la travesura y chapotea feliz. ¡Qué voy a hacer! ¡Qué cuentas voy a entregar! Falta una hora de camino para llegar al hotel, no traemos ropa extra ¡y hace un frío espantoso! Todo esto al niño lo tiene sin cuidado. Él no se cambia por nadie… y yo tampoco.
¡Qué momento más maravilloso! Sólo unos instantes. Me cuesta trabajo poner en palabras la capacidad de los niños para ser felices en cualquier momento y a pesar de lo que sea. Obsérvalos. Sólo les basta echarse a correr para que se rían sin razón alguna. Únicamente disfrutan ese preciso momento. Su alegría es viva, espontánea, no requiere estímulos o condiciones especiales. Su alegría va más 
allá del tiempo y de este mundo. Es totalmente presente.

Aprendamos de ellos

iStockphoto/ThinkstockLos adultos también tenemos acceso a ese tipo de felicidad. “El gusto no viene de lo que haces, fluye desde lo profundo en ti hacia lo que haces y, por ende, 
al mundo”, dice Eckart Tolle. Son esos momentos en los que algo, una vista preciosa, un abrazo, una canción determinada, provoca que por instantes –que parecen una eternidad– experimentemos una especie de epifanía. Te detienes por completo y, como si salieras de tu cuerpo, te sientes vivo, pleno, en paz, agradecido. 
El tiempo también parece detenerse, salirse de lo lineal, y tu cuerpo se mezcla con un todo, con el universo.
El corazón se sale de tu pecho por instantes. Estás presente y sientes una profunda paz, pureza, qué sé yo. 
Un momento en que la vida simplemente es, está ahí… y la disfrutas. Qué lección me dio Pablito. Esa tarde comprobé que los niños son grandes maestros del gozo, si sabes observarlos y abrir el corazón. El ahora es su mundo entero, es su área de juegos total. Su fascinación por el presente es natural, no la fabrica, no la aprende ni piensa en ello. La felicidad, para los niños, es gratuita. No tienen que trabajar o sufrir para obtenerla.
Viven el presente sin importarles nada más. Para ellos no existen preocupaciones pasadas ni futuras. No les importa. No se acuerdan. No hay mañana, no hay qué dirán… sólo el placer de gozar, jugar y reír, aquí y ahora.
Te invito a convivir un rato con cualquier niño entre 2 y 6 años: observa y métete en su mundo, aprende de ellos. Verás que, si te abres a la experiencia, te conectas con un todo y le agradeces a la vida el milagro de tener 
un hijo, un sobrino o, como en mi caso, un nieto.

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