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Imprudente a la vista

Stockbyte/ThinkstockLa imprudencia se da hasta en las mejores familias. Si no, habría que preguntarle a Felipe duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II, que en reiteradas ocasiones se ha distinguido por sus comentarios fuera de tono, como cuando en 1998 felicitó a un grupo de ingleses que realizaron un recorrido por Papúa Nueva Guinea, ¿el motivo?: “Han conseguido no ser comidos por los nativos”.

Este tipo de comentarios que aparentemente responderían a una broma, son descuidos que aún cuando no pretendan ser mal intencionados incomodan a quien los recibe. Y aunque parecería que no tienen trascendencia, con el tiempo terminan por propiciar que el resto de las personas busquen evitar el contacto con el personaje en cuestión, pues saben que de su boca no saldrán más que palabras fuera de lugar, mientras que para sus seres cercanos es un motivo de constante estrés al momento en que se le viene a la mente opinar sobre algo.

Sus motivos de inspiración

Modelos de imprudentes existen muchos, como en el caso del noble inglés, cuya intención es darle un toque de sentido del humor a sus comentarios, los que son motivados por la ignorancia, los que llevan implícito el propósito de incomodar a otros o aquéllos que son producto de un descuido involuntario. Cualquiera que sea su origen es injustificable que se presente, pues su impacto siempre será pernicioso.

Mariana Rivera, especialista en psicología señala que la imprudencia responde a la falta de reflexión sobre las palabras o acciones que realizamos: “una característica de quienes caen en este tipo de actitudes es que hacen las cosas sin pensar, no se detienen a analizar las consecuencias de sus actos ni tampoco centran el objetivo que persiguen con sus acciones. A este respecto hay que mencionar también que encuentran complicado diferenciar lo bueno de lo malo, por eso es muy común que cuando alguien les señala su comportamiento algunos se sorprenden porque no encuentran nada irregular en él, eso mismo provoca que no procuren un cambio de actitud”.

¡Yo y mi gran bocota!

En algún momento nos ha tocado ser víctimas o victimarios de la imprudencia en las palabras. En el primer caso, está de sobra decir que no queda mucho por hacer, más que tomar las cosas con humor o bien tratar de indicarle al autor del efecto de sus acciones. No así en el segundo, que nos da oportunidad de buscar el crecimiento y optar, por abandonar en definitiva, ése mal hábito de desenvolvernos sin ton ni son por la vida.

La especialista sugiere poner en práctica los siguientes consejos, que contribuirán a que cuidemos hasta el mínimo detalle antes de emitir cualquier manifestación fuera de lugar:

  • Pensemos antes de actuar. Si ya tenemos a cuestas un historial de tropezones, seguro que quienes nos rodean agradecerán que nos tomemos un tiempo antes de responder.
  • Analicemos las consecuencias que pueden acarrear el comportamiento que tengamos. Si nos asomamos al futuro, vigilaremos mejor nuestras palabras.
  • Hay que preocuparnos por conocer a las personas que nos rodean, para saber cuándo, cómo y qué necesitan escuchar de nosotros.
  • Cada vez que expresemos una idea, seamos responsables de encontrar las palabras precisas que dejen ver con claridad lo que deseamos transmitir.
  • La regla de oro es: Si no vamos a decir algo amable, es mejor guardar silencio.

El uso de la palabra es un privilegio, y como tal, es justo utilizarla con mesura e inteligencia, a fin de cuidar el efecto que pueda tener en los demás. También, vale la pena recordar que cada idea que emitimos habla de nosotros mismos y deja al descubierto la calidad de persona que somos y cómo percibimos al mundo. Ahora nos toca dejar la mejor impresión.

“La perseverancia es el motor del éxito”.

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