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Jóvenes de espíritu

Son muchas las cualidades de la juventud: esperanza, entusiasmo, energía, flexibilidad, audacia, espíritu emprendedor, apertura para aprender y tener nuevas experiencias e ideas. También, la novedad con que se percibe la vida y la fe en los ideales. Los jóvenes de espíritu son más propensos a la alegría, se divierten y se ríen más y son capaces de intentar nuevas soluciones o, al menos, las que creen que son nuevas.
Por supuesto que la juventud tiene que ver con la corta edad, pero también hay jóvenes que son viejos de espíritu: apáticos, parece que vienen de regreso de todo. Amargados, desencantados y temerosos no creen en nada y no luchan por nada; no son capaces de gozar el amor.

El pasado no es cosa de viejos

El pasado no debe ser un lastre, sino una fuente de experiencia que enriquezca y sea fundamento del aprendizaje, no estancamiento. Hay quienes interpretan el ayer en clave negativa. Recuerdan y reciclan en su mente lo que los ha dañado o causado dolor. Atesoran daños afectivos, injusticias, errores de sus padres y maestros y de la vida misma; y por eso no dan lo mejor de sí mismos. No hay que permitir que se contamine nuestra vida con malas experiencias, o con aquello que de manera real, o por la percepción negativa de los hechos, nos haya dañado. Es necesario superarlo, incluso con psicoterapia.

Existe la posibilidad de idealizar el pasado, de creer que todo tiempo pasado fue mejor. Pensar que era mejor ser joven o niño o soltero o de los tiempos del rock. Quizá hoy suframos algunos problemas que no teníamos antes, como el declinar de la vista o la pérdida de energía. No se disfruta hoy, porque al compararlo con lo anterior, se piensa que era mejor, lo cual posiblemente, ni sea cierto. También nos podemos estancar en el pasado, en el complejo de Peter Pan, o quedarnos en una adolescencia perenne. Seguir igual, sin avanzar, sin aprender, sin madurar, sin aceptar responsabilidades o las consecuencias de las decisiones que ya se tomaron.

El pasado ya pasó, y debe ser cimiento de lo que se construirá, o de lo que es necesario rectificar, para que no vuelva a suceder. Debemos aprender a juzgar con realismo, no con rigidez, actuar y decidir con la prudencia del que sabe y, por lo mismo, sabe que no lo sabe todo.

El futuro no es sólo para los jóvenes

La juventud de espíritu lleva a enlazar la experiencia pasada con el futuro que se quiere alcanzar. No hay joven sin sueños, sin ilusiones, sin ideales. Hay quien cancela el futuro: “ya lo intenté y no se pudo, por lo tanto no se podrá”. Desilusión, desesperanza, pérdida de la capacidad de luchar. Desconfianza en uno mismo y en los demás. Esta es una actitud desastrosa, porque nos conduce a la apatía: falta de pasión, de sentimientos; y a la abulia: falta de voluntad, de ganas, de fuerza.

El futuro es una página en blanco, habrá en él cosas que no dependen de nosotros —destino— pero también muchas que son producto de la libertad, de la decisión, de lo que queramos hacer. De lo que seamos capaces de hacer que pase.

El presente es de todos

Si el pasado es reserva de experiencias que impulsen, y el futuro es asiento de esperanzas, el presente es la juventud misma: el hoy, el aquí y ahora.
La juventud tiene poco pasado, se proyecta en el futuro, pero vive en el presente. Si no construye cotidianamente, sabe que no hará nada. Por eso, debemos proponernos aprovechar el día, darle a cada día su propio afán, llenarlo, desplegar energía, talento, aprendizaje, actividad y, sobre todo, darle sentido y significado.

Lo que permite conservar ese espíritu juvenil y entusiasta es tener conciencia de la propia misión, ir actualizando el sentido, el significado de la propia vida. El porqué se vive, la huella que se va dejando, la trascendencia de cada uno, respondiendo a los desafíos constantes que plantea el despliegue de nuestra riqueza personal, de lo mejor y más especial de nosotros mismos. Aprovechar el tiempo, optimizar esos recursos internos, esas habilidades y aportaciones que siempre están por desplegarse.

La juventud no nos permite instalarnos en las áreas cómodas, seguras, de lo conocido, sino ampliarlas con audacia. Por supuesto que no se trata de quemar las naves de lo que se ha logrado, sino de abrirse a la novedad. Es bueno tener amigos de siempre, pero eso no puede limitarnos a hacer nuevos amigos. Es una maravilla tener seguridad de conocimientos y habilidades que se han desarrollado, pero sobre esa base se pueden adquirir otras.

Siempre es bueno hacer un balance del pasado, recuento de cómo hemos vivido, pero también debemos reflexionar, proponer y planear para el futuro. Y en el presente actuar, seguir haciendo camino o volver a empezar. Eso es ser jóvenes de espíritu.

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