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La espiritualidad de los niños

Cada etapa de la vida es distinta, por ello es importante que sepas cómo abordar con tus pequeños la existencia de Dios, de un ser superior o como quieras llamarle. Aquí te presentamos una guía que te orientará sobre cómo hacerlo.

De 1 a 6 años

En sus primeros años, los niños tienden a imaginar a Dios de una forma fantástica, pero conforme crecen, empiezan a pedir respuestas precisas. Esta es la etapa en la que quieren saber si tiene cabello, si es hombre o mujer o si se moja cuando llueve. Lo que la mayoría de los padres contestan es que Dios está en todas partes, pero la mente de los niños aún no es capaz de captar este concepto. Una de las formas de hablarles de Dios a esta edad es explicarles su presencia por medio de la naturaleza. Podemos decirles que debemos agradecerle por los árboles, las flores, las cascadas y los animales. Son realidades concretas que ellos pueden ver y tocar, así que les queda claro cómo concebirlo.

De 6 a 12 años

Entre los 6 y los 7 años los niños empiezan a preguntarse: ¿Qué significa que yo sea católico (o cristiano o evangelista o protestante)?”. Éste es el momento idóneo para mandarlos a las clases que imparten en la congregación religiosa a la que pertenezcan e inculcar en ellos una identidad espiritual sólida. Esto los ayudará a entender el sentido de las tradiciones familiares que ya conocen y los enseñará a distinguir entre sus ritos y los de aquellos compañeros de escuela que profesan otras religiones o que pertenecen a distintas culturas.

A partir de los 12 años

Al entrar a la adolescencia sufren una transformación importante en su forma de hacer oración. Empiezan a pedir cosas más abstractas y simbólicas, tales como sabiduría o fuerza para enfrentar algún problema. Además, comienzan a externar comentarios hostiles hacia Dios conforme se percatan de las injusticias del mundo. Por ejemplo si se enteran en el noticiero de una tragedia, pueden decir: “No creo en Dios”, ya que no conciben cómo Él pudo estar presente y no hacer nada por ayudar. Lo mejor es abrazar a los niños, mostrarles nuestra propia inconformidad y puntualizarles que gracias a la ayuda de Dios hay gente trabajando para resolver esos problemas.

Cuando un niño se siente deprimido o desorientado, es común que escuche que los adultos le digan cosas como: “Si creyeras en Dios todos esos sentimientos e ideas negativas se borrarían de tu mente”. Aunque este comentario es bien intencionado, da por sentado que la fe y el dolor no pueden coexistir, que el niño tiene la culpa por no creer y que en realidad no tiene un motivo válido para sentirse mal. Esto equivale a descalificarlo y, por consiguiente, negarle el derecho a sentirse mal. Cuando no se le permite experimentar sus sentimientos dolorosos pierde la capacidad de sentir alegría o satisfacción. Cuestionar o reprimir los sentimientos de un niño puede tener consecuencias negativas para él.

La espiritualidad, en cualquiera de sus formas, debe estar orientada a lograr que las personas que la viven se sientan libres, seguras de sí mismas, realizadas, completas, comprendidas, amadas y reconciliadas con todo lo que las rodea. Por consiguiente, hay que evitar usar a Dios como una figura amenazante y tirana para lograr que los niños hagan lo que queremos. Este tipo de actitudes son las que llevan a pique la fe y las que hacen que los niños se alejen del concepto de Dios y de la espiritualidad conforme crecen. Si bien es cierto que es absolutamente necesario hacerles entender que hay algunas acciones que ameritan no sólo un castigo divino, sino también legal (ante las leyes humanas) no hay que utilizar este argumento en cualquier circunstancia.

¿No eres creyente?
Los sicólogos y los teólogos coinciden en que aunque los padres no tengan ninguna preferencia religiosa, sí pueden ofrecerle a sus hijos un código ético que les sirva como base en su vida. Para lograrlo, primero necesitan reflexionar y aclarar para sí mismos cuáles son los valores que consideran más importantes. para su familia Cuando lo sepan, estarán en condiciones de transmitírselos a sus pequeños. Eso sí, no deben inculcar creencias o valores que no acepten en su corazón porque, tarde o temprano, los niños captarán la mentira y perderán la fe en sus padres y en el ser superior.

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