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La incomunicación de la pareja

Dos fenómenos aparentemente nuevos están afectando la relación de pareja. Uno es la violencia de género, sobre la que no vamos a hablar aquí hoy (ya está en todos los medios y va desde la represión contra la mujer hasta la violación y el asesinato). El otro es el de la falta de comunicación que vive particularmente la mujer dolorosamente.

Digo que son dos fenómenos ‘aparentemente’ nuevos aunque quizá lo nuevo es que los medios se ocupen de ellos. Estas cosas no eran más que ‘la ropa sucia que se debe lavar en casa’ hasta hace muy poco tiempo y por eso no se hablaba de ellas.

Las mujeres padecemos la incomunicación con la pareja en forma muy especial por dos razones, además de la evidencia de carecer de un buen diálogo con alguien a quien quieres, la primera es que por la configuración de nuestros hemisferios cerebrales y el mejor contacto y manejo que tenemos de nuestras emociones, nos es imperioso comunicarlas. Y me atrevería incluso a decir compartirlas. La segunda es que vivimos el silencio como algo hostil, agresivo. Y de esto te quiero platicar hoy.

El amor iguala, pero no tanto
Nuestra cultura planetaria es rica en matices para diferenciar el trato que debemos darnos los humanos según nuestro color, nuestro nivel socioeconómico, nuestro rango y, sobre todo, nuestro sexo. No tratar igual a diferentes grupos humanos está establecido en códigos muy antiguos, a veces muy oscuros y velados, pero tan vigentes y practicados como si estuvieran escritos en letras de oro en la Constitución.
No hablamos de la misma forma con quien  sentimos que es nuestro igual que con quien nos sentimos superior, inferior o simplemente distinto. Se han hecho estudios que muestran que hasta el lenguaje corporal cambia según quien sea nuestro interlocutor.
Y, a pesar de que el amor parece volver parejo lo que minutos antes era disparejo –las diferencias culturales que se aplican al hombre y a la mujer según cada sociedad- su efecto igualitario dura poco o se va desgastando en la convivencia.

Te quiero, pero no eres mi igual

El hombre puede respetar, adorar, amar o desear a una mujer. Incluso sentirse víctima de esa pasión que lo consume. Pero no la siente su igual.  O quizá la media hora de cultura igualitaria que ahora está de moda lo hizo sentirlo un tiempo, pero es fácil revertir a criterios muy antiguos: no se borran milenios de cultura de discriminación en tan poco tiempo ni con todo el amor del mundo.

Y sobre todo, no se borra el peso de los papeles con un poco de agua bendita (en la iglesia) o de tinta (en el registro civil). La igualdad, por precaria que sea, se vive en el noviazgo, cuando ella es aún una persona libre. Pero en cuanto ella se vuelve LA ESPOSA, así con mayúsculas, él no puede fácilmente deshacerse de milenios de tradición y creencias que dicen que ella es su legítima propiedad. Y por lo tanto le debe obediencia, servicio y respeto (¿No dice la epístola de Melchor Ocampo que es lo que ‘el débil le debe al fuerte’?) que no son rasgos que denoten igualdad. Se le deben a un superior, no a un igual.

El silencio agresivo
Decía al principio que la mujer vive el silencio como algo hostil. Y lo es.  Muchas mujeres disculpan a su pareja diciendo que ‘es muy callado’. Pero te apuesto que si lo filmaran con cámara escondida cuando está con sus cuates en el trabajo, echándose un dominó o viendo el fútbol verías que con ellos no es así.  Y no es porque tú no sepas gritar “¡¡Gooool!!” y tirarte al piso de emoción fingida como sugiere un comercial muy sexista que afortunadamente ya no pasa. Hay excepciones, no lo niego, pero son simplemente eso: la excepción.  Ese silencio con la pareja es muy elocuente: está diciendo “tu plática es tonta;  son temas menores, sin importancia; y además tus palabras me importunan.” O la generalización delatora de la discriminación vigente: “Las mujeres hablan demasiado”. ¿Por qué demasiado? ¿Quién ha fijado cuánto está bien hablar y cuánto es mucho? Pues sí se ha fijado: lo determinan los papeles de uno y de otra. Los inferiores deben estar callados. Es parte del respeto que deben a sus superiores las mujeres, los niños o los sirvientes.

Calladita te ves más bonita

Pienso que la sonrisa de Mona Lisa era de amargura, de una triste aceptación de su papel.  ¿Nos volvemos Mona Lisas, lloramos, aprendemos temas cultos o nos encerramos en un mutismo dolido y rencoroso?  Creo que habrá alguna vía intermedia antes de llegar al aislamiento total o al divorcio.

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