Lágrimas olímpicas para México

Lagrimas olimpicas
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Nadie puede negar el entusiasmo que genera cada celebración de los juegos olímpicos, no sólo por los deportistas que participan, sino por el momento fugaz de representación colectiva que dan al mundo de lo que somos.

En lo personal, los juegos olímpicos me representan sentimientos encontrados, pues el espíritu de igualdad que pretenden propagar a la humanidad dista mucho de serlo en la realidad.

La lucha por ser los mejores

Y no debe sorprendernos, cuando el ser humano se dispone a competir está dispuesto a dar el todo por el todo, y no puede exigir o esperar condescendencia alguna del adversario. De eso se trata el demostrar la superioridad en cualquier disciplina, por arrogante que pueda sonar “adversario” y “superioridad” en un encuentro que supone un ambiente de fraternidad, y cuyo éxito radica precisamente, en dejar al margen, aunque sea por unos días, la frialdad que supone la política y la economía global.

Emoción hasta las lágrimas

Hay sin embargo una reacción universal que genera empatía en estos encuentros, sin importar nacionalidad o disciplina: las lágrimas. ¿Quién podría negar que las lágrimas denotan nuestra vulnerabilidad en toda su expresión? ¿Quién no podría identificarse con la furia del que lo intentó todo y no pudo llegar; o con aquél que a pesar de su esfuerzo se percató de sus propias limitaciones, o en el mejor de los casos, con quien siguiendo únicamente su instinto pudo lograr lo inalcanzable incluso para él mismo?

Todos estos casos los pudimos ver con las grandes gimnastas, los campeones de la natación, el atletismo y el futbol, por citar los más ilustrativos.

La satisfacción del triunfo

Lagrimas olimpicas
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Las lágrimas de alegría de los logros conquistados evidenciaron los esfuerzos contenidos, las renuncias veladas sí, los costos de llegar al sueño anhelado deportivo: los olímpicos y todo lo que representan. Renuncias de momentos de compañía, de gozo, de relajamiento, de despreocupación, y quizá incluso, de amores y amistades.

El sueño olímpico tiene un costo que está dispuesto a pagar quien asume semejante empresa, y por eso las lágrimas, por darse cuenta que valió o no la pena. De ahí nuestra empatía con las lágrimas de cualquier deportista, quienes en cada pista, aparato, ejercicio, golpe o giro, dio lo mejor de sí, sin esperar benevolencia alguna de las circunstancias.

Una justa deportiva que nos hizo crecer como mexicanos

En particular me congratula, al igual que a muchos, la actitud del equipo mexicano, y no necesariamente por las medallas obtenidas, que por supuesto tienen un gran significado en nuestra historia olímpica. Reitero, me congratula la actitud porque por primera vez percibí que llegaron a este evento mundial, convencidos de sus capacidades y dispuestos a mostrar lo que podían lograr por haberse preparado para ello.

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Bienvenida la actitud de las nuevas generaciones de mexicanos:

Sin miedo, dispuestos, arrojados. Sin arrastrar el temor de sus antepasados, propio de una cultura que se menospreciaba ante el otro por sus rasgos, por su color, por su condición económica o por su conocimiento.

Bienvenidos los nuevos mexicanos confiados, competitivos y orgullosos de lo que son y lo que representan, no sólo para mostrárselos a ellos mismos, sino al mundo cuantas veces sea necesario.

Seguramente en algunos años se hablará de México antes y después de Londres 2012. De 102 deportistas en 23 deportes obtuvieron 7 medallas (una de oro, tres de plata, y tres de bronce). En los Juegos Olímpicos de México 1968, el país consiguió 9 medallas, tras esa participación, la de esta edición de Londres 2012 es la segunda mejor para el país.

Varias son las lecciones de Londres, nada está escrito. Ni para los favoritos ni para los iniciados

Vimos caer a los grandes, y vimos surgir nuevas figuras quienes, sin duda, seguirán arrancando emociones y desencuentros como la vida misma.

Se agradece reinventar al mexicano ante el mundo, y el festivo adiós al “estuvimos cerca”. Gracias por contagiar de triunfo a quienes nacieron llenos de vida y viven como perdedores. Gracias por las lágrimas que denotan humanidad en las derrotas, y la emoción y recompensa a quien dio todo.

El legado olímpico a los mexicanos es único:

Para los no tan jóvenes nos regocija saber que algo hemos transmitido a estos jóvenes en las aulas o con nuestra forma de perseguir sueños y disfrutar la vida. A las nuevas generaciones les inyectan entusiasmo y lecciones para superar obstáculos y ser mejores.

Enhorabuena por ellos y nosotros, porque con cada lágrima de quien dio todo su esfuerzo, se reconforta el espíritu de quien la deja escapar, y se engrandece el de su comunidad, de la que por cierto, todos formamos parte.

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