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Los detalles hacen la diferencia

Hemera/ThinkstockCada vez que recibo un e-mail de empresas con las que trabajo, de proveedores o servicios varios, me pregunto si están conscientes mis interlocutores de que el valor que dan a su tiempo está en proporción inversa al que le dan a su chamba.
Ser escueto, redactar mal, no saludar ni despedirse en forma amable pueden ser muy ahorradores de tu tiempo, pero no contribuyen a una buena relación laboral. Informas, sí; pero ¿atiendes? No. Y este “no” que parece sin importancia, es muy serio y muy de tomar en cuenta.
Lo mismo ocurre con las llamadas telefónicas. A menudo habla algún desconocido que ofrece servicios o productos y que pretende hablar con el Señor Elías. ¿Qué es lo que me demuestra este dizque inocente error? Que al fulanito que me habla no le importó tomarse 5 minutos más para verificar el nombre de esa persona y ¡su género! Esta señora con la que quiere hablar ¡resulta que es defensora de los derechos de las mujeres y se molesta de que la confundan con un señor! No es un simple descuido: es un desprecio por su trabajo y puede reflejarse de distintas maneras.

Ejemplos sobran

Hace poco recibí una de las enemil llamadas que te hacen –de lunes a domingo inclusive– los bancos que te ofrecen servicios, tarjetas, mejores intereses y “dudosos” premios. Casi siempre pronuncian mal mi nombre o preguntan por “la Sra. Ana” (modelo sirvienta, con todo respeto a estas esforzadas trabajadoras que no tuvieron la suerte de recibir una esmerada educación como el señor que habla) y todo por no molestarse en leer bien el nombre completo, diferenciar entre nombre y apellido, y esforzarse por hacer bien su labor de ventas. Casi siempre los mando a volar a las primeras de cambio… Pues ocurre que hace un mes y pico recibí una de esas llamadas y el joven que llamó fue tan educado, elocuente, preparado y convincente ¡que ya tengo una nueva tarjeta de crédito del banco para el cual trabaja!
¿Qué hizo la diferencia? Que el joven había hecho bien su tarea: se documentó, se “molestó” en leer y pronunciar bien mi nombre; se esforzó de verdad en convencerme, sin autoderrotarse de antemano con un rollo mal aprendido y hasta mediocre.

Y por escrito…
Ni qué decir de los mensajes escritos. Además de estar redactados con los pies, no se molestan en dirigirlos de forma personal (lo más frecuente es que pongan “Estimado/a” fulanita) ni en buscar un adjetivo unisex, que los hay y así no ofendes a nadie: por ejemplo se puede usar “apreciable” en vez de “estimado/a” que puede aplicarse a Juan o a Juana.
Tampoco se molestan en decirte en qué te puede ayudar o servir A TI, que lo estás leyendo, ese producto o servicio que ofrecen. Se lanzan –abusando de tu tiempo sin consideración– a echarte todo un rollo de lo que ellos son, lo que ellos hacen, lo que ellos valen, etc.
Como si a ti te importara un comino después de que al principio te ignoraron, te confundieron con un señor o señora o te pusieron “en el montón” de destinatarios. Ahorraron tiempo, pero ¿vendieron? Nada. Cero. Más bien gastaron: papel, tinta del cartucho, costo de energía de la computadora, la impresora y del sueldo del inepto/a que mandó el mensaje.

Hemera/ThinkstockTrabajo = amor  y amistad
Si a un amigo no le llamas nunca para saber de su vida, la amistad se enfría. Si a tu pareja no le recuerdas que lo quieres con un detallito, una cartita o una frase especialmente creativa (no vale un “te quiero” común y corriente) un día se puede ir alejando aun sin querer. Pues es igual con lo que pasa en tu trabajo.
El pretexto de que ‘no tenemos tiempo’ no es válido. No lo tenemos para lo que no nos gusta, no nos atrae y no nos interesa. Pero bien que nos ‘sobra’ y nos extralimitamos en gastarlo en lo que nos gusta.
Y nos equivocamos. Es el trabajo lo que permite que vivamos como nos gusta (o casi) y que nos demos pequeños lujitos, consintamos a nuestros seres queridos, podamos ser productivos y estar contentos con nosotros mismos.
No confundas ser servil con ser amable, pues quizá por eso no te late tener esos pequeños detalles que hacen la diferencia. Piensa que tus detalles de amabilidad, el tono que uses en el teléfono, felicitar a un buen proveedor, dar las gracias por un servicio recibido o aprenderte bien los datos de tu posible cliente o tu simple interlocutor son una inversión a largo plazo: es la mejor carta de presentación tuya y de tu empresa. Y créeme que no pasará inadvertido ese detalle, ese tono y esa atención. No cuides tu tiempo descuidando los detalles que en la chamba, como en la vida, hacen la diferencia.

Acuse de recibo… what?
Otra forma de ahorrar tiempo y perder clientes es solicitar una cotización, una información o un dato y, una vez recibidos, ni siquiera molestarte en acusar recibo. Mucho menos decir gracias. ¿Pasó de moda? ¡Para nada! Hay un proveedor que he logrado que haga maravillas para la empresa donde trabajo, simplemente porque siempre acuso recibo, doy las gracias y le comento lo que hace bien. ¿Qué tal pedir trabajos con urgencia y luego no decir ni “pío” cuando te los entregan? Sólo porque se trata de un proveedor que vive del trabajo que le da tu empresa no se justifica no agradecer su cooperación, su atención y los resultados ¡aunque se le paguen! El mundo da muchas vueltas, ¿quién te dice que el día de mañana ese proveedor no te dé chamba o te recomiende con un conocido suyo para algo que te interesa? Los 5 minutos (no es más mandar un e-mail de acuse de recibo o agradecimiento) que te quita ser amable pueden redituar mucho y no te van a quitar ningún tiempo valioso.

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