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Mamá e hija, ¿amigas o enemigas?

Para la Psicología, nuestras mamás son la conexión más directa con nuestra historia personal y con nuestro concepto de lo que significa ser mujer.

Ellas representan un modelo que sirve de guía para nuestra identificación con lo femenino y determina nuestra vivencia de
la maternidad y el comportamiento que tendremos con nuestros hijos.

La identidad de la hija depende de su habilidad para aceptar algunas de las características de su mamá y rechazar otras. Cuando la hija considera que tiene que ser una réplica exacta de su propia mamá, está renunciando a desarrollar una personalidad propia.

De la misma manera, las hijas que rechazan todo rasgo psicológico que proviene de su mamá, están renunciando a parte de su historia y de su identidad.

Muchas mujeres nunca conocen ni consideran a su mamá como “una mujer” con conflictos, dudas, proyectos, miedos y con una historia personal… simplemente “es su mamá”; es como si así hubiera nacido, sin historia ni futuro, sólo tiene para ellas identidad como “su mamá”. La mamá permanece como un ideal y como todos los ideales son perfectos, no se le percibe como una persona con identidad propia y nunca la llegan a conocer realmente.

Recuerdo una familia en la que las hermanas tienen actitudes diametralmente opuestas con su mamá, Nora de 20 años mantiene una relación positiva que se caracteriza por el afecto, admiración y un deseo auténtico de disfrutar el mayor tiempo posible con su mamá.

Esto parece molestar a Natalia de 24 años, quien además de celar a su hermana, aprovecha toda oportunidad para criticar a su mamá a la que desprecia porque no estudió una carrera. Natalia nunca expresa afecto por su mamá y dice que se avergüenza de ella. La mamá generalmente calla su dolor y las hermanas casi no se hablan. Podría pensarse que no crecieron en la misma familia, ya que el conflicto es la forma de relación cotidiana.

La identidad de la hija, como mujer adulta, depende de su habilidad para aceptar algunas de las características de su mamá y rechazar otras.

La psicóloga Adrienne Rich en su libro Nacida de una mujer explica que para las mujeres existen dos formas diametralmente opuestas de relacionarse con la mamá, a las que llama: matroidentidad y matrofobia.

En la matroidentidad la mamá es la figura femenina primaria: es un punto de referencia durante toda la vida y sirve para monitorear nuestros valores éticos y nuestro comportamiento. Aún las mujeres que han perdido a su mamá, frecuentemente piensan cuando tienen un conflicto: ¿Qué hubiera hecho mamá en esta situación?

La matrofobia se presenta cuando la hija no acepta a la mamá como es, no se siente amada por ella, la critica y a veces la desprecia. Por ello desarrolla una necesidad de ser total y absolutamente diferente a su mamá, actuando en muchas ocasiones de forma insensata y contraria a sus intereses con el único fin de molestarla.

Además de la matroidentidad y la matrofobia existen muchos puntos intermedios en los que se expresan variantes de estas actitudes según sea la situación en la que la hija juzga positiva o negativamente a su mamá.

 

Mamás e hijas, ¿quién origina los conflictos?

Los conflictos entre mamá e hija se originan en los sentimientos negativos que nunca se expresan.

La mala relación mamá–hija se caracteriza porque los sentimientos negativos como el miedo, el enojo, la rabia, los desacuerdos o los resentimientos, nunca se expresan ni se discuten y se actúa como si no existieran, sepultándolos bajo sonrisas forzadas y apariencias que cada vez separan más a la hija y a su mamá y son el origen de graves conflictos.

La falta de o la mala comunicación anteceden a todas las malas relaciones entre mamá e hija, dando lugar a malos entendidos y resentimientos dolorosos que se agravan con el paso del tiempo.

Si una mujer considera que su mamá la puede dejar de querer, inicia una búsqueda constante de la aprobación materna. Esto ocasiona que la mujer no se permita expresar su verdadera forma de ser, ni lo que quiere o lo que le agrada o desagrada y permanece como una niña que no completa su desarrollo.

 

¿Existen las buenas relaciones mamá-hija?

La mamá es una maestra de tiempo completo en la tarea de enseñar a vivir a su hija y modelo de los valores que aprenderá a sustentar toda su vida.

Cuando la hija ve a la mamá con objetividad, como una persona falible, no perfecta, como alguien que vive un proceso de aprendizaje continuo y hace su mejor esfuerzo en todo lo que realiza, podrá relacionarse mejor con ella. Esta mamá, a quien se le reconocen sus virtudes y defectos generalmente es admirada y representa para la mujer la expresión de la “sabiduría femenina”.

Cuando existe una buena relación mamá- hija la comunicación “efectiva y afectiva” es un elemento que siempre está presente. La comunicación “efectiva”, implica la expresión de los acuerdos y desacuerdos, así como de lo que se piensa, teniendo la seguridad de que sus ideas van a ser escuchadas y valoradas. Su valor más importante es una comunicación profunda.

 

¿Sabías que?

La historia de Deméter y Perséfone es uno de los mitos griegos más hermosos, relata la importancia y la profundidad de la relación madre–hija. Deméter era venerada por los griegos como la diosa madre, representaba a la madre naturaleza y a la maternidad. También simbolizaba el sufrimiento de la madre ante el dolor de una hija y el proceso de separación cuando ésta se hace mujer.

Cuando recogía flores en el campo, Perséfone fue forzada por el dios Hades, para desposarse con ella. Como consecuencia de su dolor de madre, Deméter, como era la madre naturaleza, hizo que nada naciera ni creciera sobre la tierra y una terrible hambruna amenazó con extinguir a la raza humana.

Ante este peligro, Zeus intervino. El resultado fue un acuerdo que establecía que Perséfone regresaría dos tercios del año con su madre y el otro tercio de su vida la pasaría en compañía de Hades. Cuando se reunió con su hija, Deméter devolvió la fertilidad y el crecimiento a la naturaleza.

Para los griegos este mito también era la explicación del origen de las estaciones del año, ya que consideraban que el invierno, cuando la tierra no produce frutos, era la temporada en la que Perséfone estaba ausente de la faz de la tierra.

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