Perdóname, si tu ego te deja

“Cuando mi padre se enteró de que estaba embarazada me lo advirtió claramente: ‘nunca te voy a perdonar por esta falta’, y lo ha cumplido cabalmente. Han pasado ya tres años desde que le di la noticia y aún no puede superar que el hecho de que no me haya casado con el papá de mi hijo y enfrente en solitario mi maternidad. Ojalá que un día me pueda perdonar”, comparte Carmen, quien reconoce que pese a la posición de su padre hacia ella, él nunca ha dejado de ser un abuelo maravilloso con su nieto, y no deja de preguntarse si el perdón se logra a medias.

Cuando hablamos de otorgar el perdón a otra persona, podemos suponer que es una sola la causa que nos impide llegar a ese punto, y que se reduce simplemente al dolor que nos produce haber sido ofendidos. La realidad es que el problema es de fondo y puede tener diversos motivos, uno de ellos como ocurre en el caso del papá de Carmen, es cuando nuestro ego se convierte en una barrera y provoca que a pesar de todo, nos neguemos a perdonar.

El ego es difícil de vencer

Gerald G. Jampolsky, autor del libro El perdón, Editorial Aguilar Fontanar, explica que la dificultad para perdonar radica en que “atendemos al consejo del ego; él nos dice que actuamos bien al castigar a la persona que nos ha herido y al dejar de demostrarle nuestro amor; es difícil perdonar debido a que la tenacidad del ego intenta convencernos de que nos resulta mejor y más seguro odiar que amar”.
La falta de Carmen desde el punto de vista de su padre, no se limitó a burlar la confianza que él le había brindado, además la situación se agravó cuando ella tomó la decisión de asumir su maternidad sin casarse con su pareja en ese momento, pues esto equivalía además a deshonrar el buen nombre de su familia.

En tanto que su postura respecto al bebé era diferente: él no tenía culpa de las ‘malas’ decisiones de su madre y por el contrario, también se convertía en víctima, es por esta razón que él no tenía ningún impedimento para generar un vínculo afectuoso con su nieto.

Los casos en los que el perdón se condiciona, pueden ser muy variados pero el punto en el cual convergen es que su ausencia se debe a que es el ego de la supuesta víctima de la ofensa, el que predomina e impide ver con transparencia y justicia las causas verdaderas de la ofensa.

En este sentido el autor advierte sobre la importancia de no dejarnos convencer por el consejo de nuestro ego, ya que éste se aferra a un sistema de creencias que hace del miedo, el conflicto, la indiferencia y la infelicidad, las principales prioridades e insiste en que el hecho de expresar amor se convierte en una necedad que nunca tendrá una respuesta positiva.

Distingue esa voz interior

Detectar qué tipo de sentimiento o emoción es la que nos mueve cuando se trata de otorgar el perdón a alguien que nos ha ofendido puede parecer un coctel de estos ingredientes, sin embargo, como afirma Gerald G. Jampolsky, “la voz del ego siempre proviene del miedo, nos deja en un estado de conflicto; no nos proporciona serenidad. Cuando atendemos a su rencorosa visión recibimos incontables razones por las que no deberíamos perdonar; las cuales siempre ocultan el hecho de que, cuando no perdonamos, somos nosotros los que sufrimos y perdemos la tranquilidad”.

Carmen no se cuestiona si es ella quien tiene que perdonar a su padre, “entiendo que él fue educado de esa manera y yo respeto su posición aunque no la comparto. Yo, vivo tranquila, no creo haberme equivocado soy una buena madre y la relación con el papá de mi hijo es saludable pese a que no compartimos la vida, pero sí el proyecto de hacer de Alan una persona feliz y estable. Sé que dentro de su corazón mi papá me admira y me ama igual que siempre, lo puedo ver cuando lo descubro mirándome y sé que no va a pasar mucho tiempo antes de que me lo haga saber”.

La vida sigue y las oportunidades de dejar de lado el rencor están tan presentes como uno las quiera tomar, pero por qué seguir postergando la felicidad si se puede lograr con tan sólo un par de palabras: Te perdono.

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