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Procura que tu hijo sea feliz

Se dice que la infancia debe ser una de las etapas más plenas y felices de la vida. Procurar que así sea, en la medida de lo posible, es responsabilidad de los padres.

Esto no significa que se tengan que consentir todos y cada uno de los deseos del pequeño o ceder ante cualquier capricho o berrinche, más bien se trata de aplicar una disciplina apropiada cimentada en el amor, que les brinde herramientas para convertirse en adultos independientes, seguros y centrados.

Formar un hijo es uno de los retos más grandes de ser padres, y en muchas ocasiones en ese afán por educarlos de la manera más efectiva posible, se emplean métodos inadecuados como castigos corporales, un lenguaje frío o regaños verbales muy agresivos, que aunque probablemente generan resultados inmediatos, en esa misma intensidad lastiman y dañan la autoestima de los niños.

“Los padres ejercen una gran influencia en la manera en cómo los niños se visualizan y se sienten con respecto a ellos mismos. De hecho, la primera imagen que tienen los niños de sí mismos se construye a través de los papás”, explica la doctora María Elena Micher Camarena, psicoterapeuta familiar, quien agrega, “por ello, los padres deben aceptar y respetar la identidad y personalidad de su hijo, pues esto además de que ayuda a que tengan una sana autoestima, propicia un entorno afectivo y emocional sólido que facilita los procesos de educación y enseñanza”.

Firmeza amorosa

Cuando uno de los progenitores o incluso ambos, son partidarios de ejercer una autoridad en exceso estricta para conseguir que su hijo cumpla con sus deberes o se comporte correctamente, se corre el riesgo de entrar en una dinámica nociva en la cual el niño sólo obedece por temor a recibir un castigo o una reprimenda, y ese miedo a los padres lo único que produce es inseguridad, confusión y vulnerabilidad.

Una disciplina firme pero equilibrada, se sustenta en una comunicación constante y una actitud de empatía y paciencia, que logre transmitir al pequeño que existe una intención por parte de su mamá o de su papá por resolver el conflicto o fricción con la mejor disposición. Los padres deben enfocarse en el comportamiento, no en el niño y es esencial hacerle saber que se le quiere y se le acepta, sin importar lo que haya sucedido. Eso lo hará sentirse querido a pesar de la reprimenda.

Aun cuando el niño esté muy chiquito y todavía no sepa el significado y sentido preciso de las palabras o de las frases, recordemos que es en una edad muy temprana (de los 0 a los 5 años aproximadamente) cuando están en extremo sensibles y perceptivos al tono de voz, los gestos, las miradas y el lenguaje corporal. Así es que un regaño, un grito o una actitud agresiva pueden causar más daño del que imaginamos, por eso es fundamental no desestimar su capacidad para entender.

Al llamarles la atención es conveniente explicarles que así como en algunas ocasiones reciben un premio o un reconocimiento por algún logro o el cumplimiento de una tarea, también una mala acción o una travesura va a generar consecuencias que no son agradables y que no les gustarán.

Razonar con ellos y preguntarles su opinión acerca de las reglas impuestas, los empujará a desarrollar su propia identidad y percibirán el interés que hay por escucharlos, lo que va a crear un ambiente de confianza y seguridad emocional que naturalmente fortificará la relación; de igual forma, va a ser mucho más factible que acaten las reglas o que reciban el castigo, sin sentirse atacados.

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