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¿Conoces la depresión blanca? un padecimiento común en los jóvenes

Por: Psicoanalista Claudia Rodríguez Acosta

La llegada al mundo no es fácil para nadie, desde el inicio de la vida se tienen que sortear una serie de dificultades para asegurar la supervivencia. La madre (como función) es la encargada de trasmitir vitalidad a su hijo a través del deseo, del amor, de su mirada, de sus palabras, de su contacto.

La vida no sólo contempla poder respirar y mantener cierto equilibrio biológico, sino tambien incliuir el deseo, de poder disfrutar, buscar, encontrar, tolerar, transitar caminos sabiendo que vale la pena vivir, entrando en contacto con los demás, sintiendo alegría y tristeza, pudiendo perder y ganar, acercarse y separarse.

¿Qué pasa cuando no se ha dotado de esa vitalidad tan fundamental? Pueden pasar muchas cosas, todas, tienen como común denominador hacer más complicada la vida, más tortuosas las pérdidas y más dolorosa la realidad. Uno de ellos es la depresión, uno de los padecimientos más frecuentes a nivel mundial que de acuerdo con cifras de la OMS, se calcula que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, datos preocupantes pero, paradójicamente, a veces, más silenciosos.

Al escuchar la palabra “depresión” es común pensar en sentimientos de tristeza y angustia que provocan conductas como aislamiento, llanto, bajo rendimiento escolar y/o laboral, dificultad para realizar actividades, cambios drásticos en los patrones de sueño y alimentación, y en sí, todas aquellas conductas relacionadas con la pérdida de interés en la vida. Si bien, esto es cierto, hay también otros modos de funcionar que dan cuenta de estados depresivos que no son fáciles de identificar. La depresión no siempre se muestra, hay personas que pueden vivir su vida de modo “normal” e incluso adaptarse “muy bien” a diferentes circunstancias sin que por ello disfruten verdaderamente de la vida o le encuentren un sentido. La depresión blanca es aquélla que no se declara como tal, esto es, una depresión que no muestra síntomas y que incluso no es registrada por quien la padece y últimamente es muy frecuente encontrar este padecimiento en los jóvenes. Sólo se manifiesta a través del vínculo, es decir, en las relaciones interpersonales, ya sea de pareja, de familia, de amigos, y en el caso de personas que acuden a terapia, aparece en la relación con el terapeuta. ¿Cómo pasa esto?

Por lo general, cuando un individuo deprimido acude a terapia, habla de sentimientos de tristeza y de su dificultad para disfrutar de la vida, o bien de sus periodos de ansiedad que lo hacen comer de más o dormir de más o de menos, etc. En el caso de la depresión blanca, quien asiste a terapia, no va por sentir tristeza, sino por otros aspectos de su vida que los empujan a buscar ayuda y es poco a poco, a través de la relación, terapeuta-paciente, que el especialista va descubriendo que algo más pasa. Empiezan a manifestarse una serie de reacciones que tienen que ver con la indiferencia, el desinterés o bien, el aburrimiento, la apatía, la confusión, el no recuerdo y en sí, con todo aquello que esté del lado de la muerte.

Estas personas pueden tener una vida funcional, estudian, trabajan, tienen amigos, familia, se casan, sin embargo, al conocerlos un poco más, uno se da cuenta de lo frágiles que son. Aparentemente nada les angustia demasiado, pero tampoco les alegra demasiado, tienen grandes dificultades para registrar sus estados afectivos, o sea, les cuesta trabajo identificar cómo se sienten. Es como si fueran robots funcionando en un mundo del que ellos no forman parte más que de forma aparente. Son personas a quienes les cuesta trabajo el acercamiento con los demás, pero también la separación; viven el vínculo como peligroso pero al mismo tiempo son dependientes. El mundo interno de estos pacientes tiene huecos que dificultan el proceso terapéutico ya que durante el tratamiento aparecen sensaciones de parálisis y confusión, el terapeuta de pronto se siente tumbado y tiene que hacer grandes esfuerzos por comprender qué es lo que pasa con un paciente lleno de carencias no reconocidas.

Por su parte, estas personas se quejan de dificultad para pensar, para recordar vivencias, estructuran su vida sobre un “no sé”, son personas a quienes les cuesta trabajo reflexionar sobre sí mismos, parece que la vida les da igual y esto les permite adaptarse a pesar de las dificultades que presenta la realidad. Estos casos no presentan características de la depresión “tradicional”, sin embargo, pueden ser igual o más destructivos, sobre todo cuando la persona afectada no encuentra un motivo para acudir a terapia, en este caso, el riesgo es que este letargo se mantenga, por muchos años o por toda la vida, que tenga un modo de funcionar que le dificulte las relaciones interpersonales, que no le permita disfrutar de la vida y que incluso enferme a nivel físico, ya que hay una tendencia a la somatización.

¿Por qué funcionan así?

Al hablar de la madre y del vínculo, se habla del origen de la psique, del deseo y de la vida. En los casos de depresión blanca, es como si hubiera un cortocircuito en la dinámica del deseo y del placer, como si en lugar de que aquella madre tan fundamental los hubiera dotado de vida y de deseo, los hubiera dotado de una parte mortífera que permanece en la vida adulta y que les dificulta disfrutar, crear y sentir. Este cuadro da cuenta de carencias profundas y tempranas, y de una historia en la que no hay frustraciones sino déficits. La depresión blanca nos remite a aquello que no está, que no llegó, que no pudo ser y que al no hacerlo dejó una huella traumática en la psique. No todos los casos son afortunados, en muchas ocasiones los bebés son cuidados por madres deprimidas, tienen padres que no logran conectarse emocionalmente con ellos y no les permiten elaborar el amor y el odio, apalabrándolo y conteniéndolo. En estos escenarios es muy complicado traducir la angustia, tolerar el odio y la destrucción, y por tanto echar a andar la parte vital.

La depresión blanca nos remite al vacío, y por tanto, al narcisismo tan característico de nuestra época. Esto es, a la falta de amor del otro, a aquello que nunca alcanza a ser suficiente.

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