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¿Qué motiva a un suicidio?

Por: Claudia Rodríguez Acosta, psicoanalista

Al hablar sobre el suicidio es común preguntarse sobre las causas que llevaron a alguien a tomar tan extrema decisión, sin embargo, no es común ponerse a pensar sobre el por qué no todos nos suicidamos, por qué vivimos una vida dejando de lado que vamos a morir; no es común encontrar personas que diario hagan consciente la idea de que les queda un día menos y mucho menos que tengan que pensar para poder elegir si matarse o no, si vale la pena vivir o no.

A pesar de no ser común, hay muchas personas que sí lo piensan y que consuman el acto suicida, miles mueren al año a causa del suicidio y las cifras van en aumento. De acuerdo a la OMS más de 800 mil personas se suicidan al año en todo el mundo, representando una muerte cada 40 segundos, superando la mortalidad total causada por guerras y homicidios.

Cuando se habla de suicidio es común atribuirlo a causas específicas: decepción amorosa, pérdida del empleo, problemas familiares, dificultades financieras, enfermedades crónicas, bullying, etc. Si bien estos y más factores intervienen en el deseo de quitarse la vida, el suicidio es un acto complejo con un origen multifactorial que se remonta a toda una historia de vida. A pesar de que hay suicidios planeados y otros repentinos que se cometen, por ejemplo, en un estado de euforia, nadie se suicida únicamente porque lo molesten en la escuela o porque lo abandone su pareja. El suicidio tiene razones conscientes y principalmente inconscientes, algunas se pueden reconstruir o pensar gracias a las entrevistas con los familiares y amigos; sin embargo, este acto es en sí un enigma que deja a los allegados en shock. Está más allá de la lógica y de las palabras que lo puedan explicar.

Entonces, no hay situaciones concretas que sean única causa del suicidio, más bien son detonantes, ya que rebasan la capacidad de la persona para entender, tolerar, pensar, asimilar y elaborar; estas situaciones pueden ser desde una ruptura amorosa, hasta dolores insoportables al tener una enfermedad terminal. El meollo del asunto no está en la situación en sí, sino en la capacidad del yo para contener la angustia y el dolor que genera. A lo largo de la vida todos estamos expuestos a vivencias de rechazo, pérdida, desamor, enfermedad, etc., sin embargo, no todos las enfrentamos de la misma manera. Cuando una persona tiene cierta fragilidad yoica o cuando se encuentra en un estado de extrema vulnerabilidad (por ejemplo, situaciones de guerra y enfermedades crónicas) es más propenso a ser rebasado por la angustia y la desesperanza. Esta fragilidad tiene que ver con situaciones traumáticas antiguas o actuales, que dejan huellas en la psique y que se reactivan una y otra vez ante situaciones que remitan al trauma, al no deseo, al odio y en sí, a aquella parte mortífera e invasiva.

Así, todas esas situaciones que son detonantes podrán ser más o menos toleradas dependiendo de los recursos internos y externos de cada quien. Por ejemplo, el acoso escolar puede ser molesto para un joven provocándole bajo rendimiento escolar, aislamiento y angustia; para otro puede ser molesto pero no afectarle demasiado en su rendimiento ni en su vida social; y para otro puede ser el detonante de una profunda depresión que lo lleve a tener un intento suicida. Entonces, el bullying no es en sí una causa del suicidio, sino que pone a prueba la capacidad del yo para poder defenderse.

Los recursos que posibilitan la defensa se adquieren gracias a: vínculos infantiles principalmente amorosos y cuidadosos, vínculo con una madre que desea serlo y que se alegra al ver a su hijo, límites firmes y claros que prohíban y den contención, frustraciones y gratificaciones que activen el deseo. Y, precisamente debido al deseo es que no todos nos suicidamos, ya que es la parte vital, el placer que implica una búsqueda y movimiento constantes; también, gracias a que alguien deseó que existiéramos es que estamos vivos. Sin embargo, no en todos los casos ocurre así.

A pesar de que todo tipo de personas se suicidan, sin distinguir razas, ni sexo, ni edad, ni posición socio económica; el común denominador es el no poder más con la vida, el no encontrar un lugar dentro de ella.

De acuerdo a algunas estadísticas, es más frecuente en hombres que en mujeres y en personas jóvenes; de acuerdo al INEGI es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 19 años. Este hecho puede pensarse desde la fragilidad propia del adolescente, ya que la adolescencia es una etapa de mutación, que deja al joven adolescente en un estado de fragilidad que lo exponen a vivir con más intensidad las emociones y a ser más vulnerable ante las pérdidas y decepciones.

A pesar de que socialmente se ve al suicidio como una de los peores actos que alguien puede cometer, para la persona suicida no es así, al contrario, para él o ella es el único medio para aliviarse, es un acto que aparece ante aquello insoportable de la realidad y en ese sentido, es una salida, una defensa contra el terror, la angustia y la tristeza extrema. Saber con exactitud el por qué alguien se suicida es muy difícil, lo que sí se puede saber es que la situación que vivía era insostenible y que hubo un detonador que echó a andar aquello que ya venía gestándose desde hacía algún tiempo.

¿Por qué no todos nos suicidamos? Porque encontramos razones para no hacerlo, promesas, deseos, proyectos, vínculos y todo aquello que diluya la angustia y que haga saber que vale la pena postergar la muerte.

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