Toma lo bueno de la vida

Comstock Images/ComstockEste año ha transcurrido en medio de temblores, literales y de otros tipos: financieros, sanitarios, crediticios. No es coincidencia que surja la necesidad de aprender algo de estas dificultades. “Si pierdes, no pierdas la lección”, escribió el Dalai Lama al inicio de nuestro siglo. La frase es doblemente sabia pues no nos dice cuál es la lección: cada quien debe encontrarla. Nadie puede darnos una lección de vida. Para que sea aprendida, cada persona debe asumirla, comprenderla, hacerla suya.

Crear nuestra propia suerte    
Cuando vivimos una época difícil, frecuentemente ponemos nuestras esperanzas en que suceda “algo” que cambie nuestra suerte: nos saquemos la lotería, que llegue una oportunidad… Pero al esperar que “cambie la suerte” nos colocamos en una posición pasiva, como si no estuviéramos a cargo de nuestro propio bienestar.

“Tocar fondo” para aprender
Toda tribulación pasada fue en vano si no extrajimos un aprendizaje de ella. Pero, ¿realmente es necesario “tocar fondo” para aprender una lección?, ¿por qué no simplemente frenar la caída y cambiar el curso antes de hacernos daño?

Porque para ello, sería necesario:
1. Reconocer que estamos descendiendo
2. Romper la inercia
Frecuentemente decimos: “lo vi venir”, y realmente “lo vimos”, pero no hicimos caso. Probablemente, la próxima lección que nos toca aprender ha estado ahí por largo tiempo, asomando la cabeza a las puertas de nuestra conciencia. Nos toca invitarla a entrar y prestarle atención.

Las lecciones del fracaso
Los psicólogos opinan que un fracaso ocasional es muy importante, pues nos ofrece información valiosa. Si contemplamos las historias de los grandes empresarios, líderes, atletas y artistas, veremos que casi todos encontraron obstáculos mayores. Si nunca cayéramos, sería fácil creernos invencibles y crear expectativas poco realistas para nosotros mismos. Los fracasos nos ayudan a desarrollar la ecuanimidad. Aprendemos que podemos sobrevivir al trauma, de manera que no nos caemos en los siguientes fracasos. Por otro lado, tampoco “perdemos piso” con nuestros éxitos.

En los centros financieros y tecnológicos de los Estados Unidos, que han sufrido sus respectivos quiebres en los años 90 y durante este siglo, algunos despachos están contratando ex-atletas profesionales. La razón es que los atletas saben compartimentalizar, en otras palabras, saben desempeñarse sin aferrarse emocionalmente al fracaso. Los budistas le llaman a ese tipo de ecuanimidad upekkhaa. Su imagen es un jinete, cómodo con las riendas de su caballo. Nada puede sorprenderlo tanto –ni bueno ni malo–, que lo tire del caballo.

El fracaso tiene implicaciones importantes para nuestro desarrollo como personas completas, satisfechas y con un sentido de propósito. Puede hacernos iniciar una búsqueda de significado y cambiar la felicidad efímera por una más duradera. El fracaso económico, en particular, puede llevarnos a basar nuestra satisfacción en otras dimensiones, que son más difíciles de derrumbar, como la espiritualidad y la familia.

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