Un portal realizado por y para mujeres con temas de moda, belleza, sexualidad, pareja, embarazo, hogar, trivias, consejos y mucho más

¿Tú, qué reflejas?

Para nadie es secreto el encanto que nos embarga a las mujeres al ver un espejo cuando el reflejo que de él percibimos nos agrada y la ansiedad que nos abraza cuando ese mismo reflejo no cumple nuestras expectativas, nuestro deseo de lucir mejor. El espejo para la mujer de hoy y de siempre, es y ha sido implacable narrador del paso de los años por nuestra vida, eterno confidente de seguridad en una misma, adulador ocioso de vanidad hueca, o juez severo. Todas nos miramos frente a él: unas más, unas menos, unas con mayor detenimiento, algunas con orgullo o con dureza, otras tantas con desdén en un diálogo profundo con nosotras mismas.

La imagen de tu interior
¿Mujer, al mirarte de frente, ante un espejo, qué reflejas? El reflejo no sólo lo componen los colores y las texturas de la ropa que llevamos, las letras de las marcas que compramos, ni la cantidad de arrugas que de un día a otro
podemos encontrar. Nuestra vida, no sólo frente a ese mágico cristal, sino frente a todos quienes nos rodean, refleja cómo lucimos, sí, pero ante todo cómo somos. Nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros modos de tratar a los demás, nuestra capacidad de perdón o nuestra severidad de juicio que se leen en la mirada, en la sonrisa, en nuestra expresión, se reflejan retratando nuestro interior.
¿Tú y yo, qué reflejamos en un mundo donde con fuerza
brilla el consumismo, la búsqueda incesante de placer y la sensualidad desbordada? ¿En esta cultura que, olvidando lo sublime de la dignidad de la mujer, la rebaja a ser considerada como objeto de placer, como pieza de adorno para una hueca masculinidad mal entendida y ante todo, mal digerida? ¿Por qué la mujer moderna cree que necesita olvidar lo fascinante de su feminidad para estar a la altura del hombre?

Ilumina con tu existencia
Debemos detenernos para buscar la grandeza que ilumina nuestro interior y desde ahí, desde lo más profundo de nuestro ser compartirla con quienes nos miran, con quienes nos aman, con quienes nos rodean. Detenernos a mirar no sólo las marcas del tiempo, el tono del maquillaje o las medidas de un cuerpo. Detenernos, observarnos y buscar a profundidad… ¿Qué tan cargada de amor es nuestra mirada?
¿Qué tan marcadas de surcos de trabajo por el bien de los demás están nuestras manos…? ¿Qué tanta huella han dejado las lágrimas de compasión por el dolor ajeno o las sonrisas empapadas de alegría en nuestro diario vivir…? Debemos buscar reflejos de seguridad, de sensatez, de sencillez. Debemos buscar
iluminar con nuestra existencia la vida de quienes nos rodean, contagiar alegría, fuerza, pasión.
Una mujer consciente de su dignidad y su trascendencia como ser humano es un pozo inagotable de ternura y felicidad para los suyos cuando decide asumir con gracia, con elegancia y categoría, aquellas tareas propias de su destino. El porte, la prudencia, el recato adornan su feminidad. Las palabras que elige para comunicar sus sentimientos y pensamientos revelan el misterio de su interioridad. Sus juicios sobre los otros terminan por ser el juicio sobre sí misma. Para brillar debemos primero pulir nuestra personalidad, limar las asperezas de nuestro carácter, limpiar nuestras intenciones, sanar nuestros rencores, anular nuestros deseos de venganza. Debemos luchar por tener control sobre lo que pensamos, lo que decimos y cómo actuamos. Para lucir, para gustar, para encantar, busquemos enriquecer nuestra cultura, reforzar nuestra naturaleza y reducir las medidas de nuestro egoísmo en busca de un tonificado equilibrio.

Medidas del alma
Como mujeres, es verdad que debemos adornar esta humanidad hambrienta de comprensión, de compañía, de consuelo, de amor. Es verdad que debemos embellecer la vida en familia, en pareja, el trabajo, el hogar. No estamos aquí para ser imagen barata de sensualidad ni para ajustar el cuerpo a unas ridículas medidas y unas tendencias dictadas desde el exterior. Estamos aquí para vivir con sentido y plenitud, dejando huella con base en apostar el alma en aquello que hacemos, heredando un legado de altura envuelto en elegancia y dignidad. Qué feo es ver una mujer desaliñada, desarreglada, olvidada de sí en su dimensión física. Su imagen deja mucho que desear, la envilece. Qué patético es encontrar a una mujer descuidada en su interior, con ideas revueltas y sentimientos sin lavar, con pasiones desbordadas y un aroma agrio en sus palabras. A ti mujer, te invito a que nos miremos más profundamente en el espejo, ya no buscando medidas en nuestro cuerpo, sino dar la medida en nuestra alma. No para elegir el tono de la ropa, sino la tonalidad de nuestro espíritu. No sólo para diseñar una imagen superflua, sino para convertirnos en imagen profunda de la bondad, la nobleza y la capacidad de amar que contiene nuestra esencia.

Un gran reto
Debemos cuidar nuestro físico, debemos cultivar nuestra inteligencia, debemos pulir nuestro espíritu, así reflejaremos lo que somos, lo que pensamos y cómo lucimos en un concierto de gracia y virtud, en una trilogía que se acompañe con acordes de serenidad, de elegancia, de calidad humana. Cada marca de expresión en el rostro, cada accesorio elegido para cierta ocasión, pero ante todo, cada actitud frente a los embates de la vida, se reflejarán abiertamente, no en los ojos, sino en la mirada; y no en los labios, sino en la sonrisa, la calidad de ser humano que somos. Aceptemos el reto. Si la imagen que reflejamos está vieja o anticuada, si le falta frescura, luz o alegría, vayamos al estilista de la reflexión, con el diseñador de la inteligencia y con el modisto de la voluntad para volver a sacar lo mejor que llevamos dentro y adornar con nuestra grandeza femenina los vacíos de amor que hieren a la humanidad.

También podría gustarte
Comentarios