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¿Tu relación de pareja está en territorio de guerra?

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Imaginemos la vida de pareja como un territorio desconocido. Comenzar una relación es como si fuéramos a vivir a un país o una ciudad que no es la nuestra.

Al principio puede resultar muy atractivo por ser diferente, tenemos una actitud curiosa, queremos descubrir el lugar, explorarlo. Probar una comida diferente, escuchar otro idioma. Observaríamos sobre todo esas cosas que le dan un toque especial al lugar y esas costumbres que nos ilusiona conocer simplemente por ser diferentes.

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Al principio es una etapa de curiosidad y apertura a conocer, el lugar y/o a otra persona. Pasado el tiempo esas costumbres y forma de ser tan opuesta nos confunde. Por momentos te sientes en un terreno desolado porque no entiendes el idioma, lo que haces o dices se malinterpreta. Se empieza a luchar por hacer valer todos los hábitos que han funcionado, lo que da confianza y gusta.

De esta forma sentimos que nuestro Yo, o nuestra forma de ser, no será anulada. Se puede comenzar a experimentar una sensación de amenaza ante nuestra integridad emocional o nuestra forma de ser. Pensamos que si cedemos demasiado algo muy malo ocurrirá. Sin querer poco a poco nos vamos cerrando, y ya no nos sentimos tan motivados a seguir descubriendo cosas nuevas. En vez de eso, nos ponemos a la defensiva ya sea abiertamente (lo decimos) o encubiertamente (sólo lo pensamos).

Comenzamos a criticar las diferencias, las costumbres y hábitos de pensamiento o de conducta que no son como los nuestros, hasta tenemos expresiones tales como: ¿cómo se te ocurre pensar eso? ¿de verdad eso crees?

En esta etapa a la defensiva se pueden tomar a su vez dos caminos

La forma de identificar que se tiene una actitud de defensa: es cuando las diferencias adquieren prioridad, es decir, el foco de atención es todo lo que disgusta y lo que genera rechazo. Todas las parejas pasan por esta actitud, es inevitable porque tendrían que ser iguales en forma de ser y eso no es posible.

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Recordemos que por ser opuestos están juntos y se atrajeron. Algunas parejas resuelven esta actitud a la defensiva combinando las costumbres de ambos, otros lo hacen parcialmente y otros no lo logran. Mucho depende del camino que tomen. A uno de los dos caminos le vamos a llamar el juego de los buenos y los malos. Aquí la relación de pareja es territorio en guerra, en la cual la pelea gira alrededor de tener la razón, además de demostrar quién de los dos está bien y quién mal.

Ambos experimentan injusticias, palabras en su boca que nunca dijeron, malos entendidos pero sobre todo la sensación de que la otra persona quiere cambiarnos. Si permanecen en este camino las parejas van acumulando resentimiento, así como una sensación de soledad como si en el fondo existiera una vacante o se fuera preparando el terreno para una nueva relación.

El otro camino es que no se pierda la curiosidad y comiencen el juego de integrar sus diferencias, que dejen espacio para las fallas y los errores de ambos, que sean comprensivos y a la vez juntos le hagan frente a los conflictos. Que aprendan a negociar y no olviden que el conflicto es parte del proceso de madurar como personas.

Todas las parejas pasan por el juego de los buenos y los malos, incluso en las relaciones entre padres e hijos o entre colegas. Lo que tenemos que preguntarnos es qué tan frecuentemente lo utilizamos. Mientras más lo usemos más caemos en una sensación de víctimas o victimarios, en donde reina el egocentrismo, el miedo al rechazo y hasta la arrogancia.

 

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Tips para identificar tu tipo de juego

  • Si te la pasas más tiempo preguntando el ¿por qué?
  • ¿Por qué no me escuchas?
  • ¿Por qué no me aceptas como soy?
  • ¿Por qué me malinterpretas?
  • ¿Por qué me quieres cambiar?
  • ¿Por qué… por qué… por qué…?
  • ¿Para qué me sirve su silencio? Para desarrollar paciencia o tolerancia
  • ¿Para qué me sirven las críticas? Para ser mejor persona

Este para qué te sirve para transformarte en mejor persona. El por qué nos conduce al juego de quién es el bueno y quién es el malo, a un sinfín de reclamos que van a dar lugar a una actitud de defensa/ataque, a un ambiente de guerra en donde alguien ganará y otro perderá. En cambio, el ¿para qué? te conduce a un aprendizaje. Abre las posibilidades de transformar el juego en oportunidades.

¿Qué tan fácil es para ti dejar atrás el eterno por qué? Te invito a transformar el ¿por qué a mí? en el ¿para qué me sirve lo que estoy viviendo?

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