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Bienestar

Hábitos que pueden influir en el aumento de peso

Por Dra. Mariana Ruiz 7 min de lectura

Un pantalón que aprieta o una cifra distinta en la báscula puede despertar frustración, pero el peso no es un examen de disciplina. Cambia por la combinación de alimentación, actividad, sueño, estrés, medicamentos, salud hormonal, genética y el entorno en el que vives. Revisar tus hábitos puede ayudarte a cuidar tu salud; culparte por cada cambio suele hacer más difícil sostener una rutina.

Algunos comportamientos favorecen un aumento de peso con el tiempo, aunque no afectan igual a todas las personas. La meta no es comer lo mínimo ni perseguir un cuerpo idéntico al de otra mujer. Se trata de identificar una acción posible, observar cómo te sienta y pedir orientación cuando el cambio no se explica solo por tu rutina.

Comer sin horarios porque el día no alcanza

Pasar muchas horas sin comer puede dejarte con hambre intensa al final del día. En ese momento es más difícil elegir con calma y puedes comer deprisa o repetir sin notar la saciedad. No necesitas imponer cinco comidas ni seguir un horario perfecto. Busca una estructura que se ajuste a tu trabajo, medicamentos, cultura y señales de hambre.

Deja a mano opciones que combinen proteína, fibra y energía: yogur natural con fruta, frijoles con tortilla, huevo con verduras, una sopa con leguminosas o un sándwich con pan integral. Si no tienes apetito por la mañana, no te obligues a desayunar una cantidad fija; organiza la siguiente comida para no llegar agotada y con hambre descontrolada.

Beber calorías sin darte cuenta

Refrescos, cafés con jarabes, bebidas energéticas, alcohol y algunos jugos aportan azúcar o energía con poca sensación de saciedad. No tienes que prohibirlos para siempre. Revisa cuántas veces aparecen en tu semana y prueba cambios concretos: agua simple, café con menos jarabe, una porción menor o una bebida sin azúcar cuando te resulte agradable.

El agua no “limpia toxinas” ni derrite grasa, pero hidratarte evita confundir sed con hambre y ayuda a que el cuerpo funcione bien. La cantidad necesaria varía según clima, actividad, embarazo, lactancia y enfermedades. No necesitas forzarte a beber un litro y medio exacto si tu profesional te indicó otra cosa.

Comer muy rápido o frente a una pantalla

Cuando comes en pocos minutos o distraída con el teléfono, quizá notes tarde que ya estás satisfecha. Prueba sentarte, servir una porción que puedas disfrutar y hacer una pausa a mitad del plato. Masticar lentamente no acelera la digestión ni produce una pérdida de peso automática; sí puede ayudarte a registrar sabor, hambre y saciedad.

Si comes con prisa porque tienes poco tiempo, no conviertas la pausa en otra tarea perfecta. Incluso tres respiraciones, dejar los cubiertos entre bocados o comer una parte sin pantalla son ajustes razonables. Tu relación con la comida merece cuidado, no vigilancia constante.

Una alimentación con poca fibra y poca variedad

La fibra de frutas, verduras, frijoles, lentejas, avena, cereales integrales, nueces y semillas puede contribuir a la saciedad y a una alimentación cardioprotectora. Auméntala de forma gradual y toma líquidos suficientes para evitar estreñimiento. No necesitas comprar productos “detox” ni eliminar grupos completos de alimentos.

Arma tus comidas con una combinación sencilla: una parte de verduras o fruta, una fuente de proteína, un alimento con carbohidratos y una grasa que disfrutes. Las cantidades dependen de tus necesidades y de tu salud. Si tienes diabetes, enfermedad renal, problemas digestivos o antecedentes de un trastorno alimentario, pide un plan individual antes de hacer restricciones.

Pasar todo el día sentada

La actividad física no sirve solo para “quemar grasa”. Ayuda a la fuerza, el ánimo, la movilidad, el sueño y la salud cardiovascular. Si trabajas sentada, levántate unos minutos, camina mientras hablas por teléfono, usa escaleras cuando sea seguro o divide el movimiento en periodos breves. Una caminata suave sigue contando.

Elige una actividad que puedas repetir: bailar, nadar, pedalear, hacer ejercicios de fuerza, caminar con una amiga o jugar con tus hijos. Empieza con poco si llevas tiempo inactiva. Dolor en el pecho, desmayo o falta de aire desproporcionada requieren detenerte y buscar atención. Con una lesión o una enfermedad crónica, consulta cómo moverte con seguridad.

Dormir poco y vivir en alerta

Dormir mal puede cambiar el apetito, la energía y la capacidad de tomar decisiones. El estrés prolongado también puede favorecer comer por impulso, reducir el movimiento y empeorar el descanso. No es falta de voluntad. Prueba una hora de desconexión antes de dormir, una cena que no te cause molestias, luz natural por la mañana y una rutina que puedas mantener.

Si roncas fuerte, te despiertas ahogada, tienes sueño durante el día o llevas meses sin descansar, solicita una valoración. La apnea del sueño, la depresión, la ansiedad y otros problemas pueden influir en el peso y necesitan atención propia.

Medicamentos y cambios de salud

Algunos tratamientos para depresión, epilepsia, diabetes, alergias, presión arterial o inflamación pueden asociarse con aumento de peso en ciertas personas. No suspendas un medicamento ni cambies la dosis por tu cuenta. Anota cuándo empezó el cambio, qué fármacos y suplementos tomas y habla con quien los indicó; puede existir una alternativa o una estrategia de seguimiento.

El hipotiroidismo, el síndrome de ovario poliquístico, la menopausia, la retención de líquidos y otras condiciones también pueden modificar el cuerpo. Un aumento rápido con hinchazón, falta de aire, palpitaciones, cambios marcados en el ciclo o debilidad necesita consulta. La báscula no puede decirte cuál es la causa.

Comer para calmar emociones

La comida puede ofrecer placer, consuelo y compañía. Se vuelve un problema cuando sientes pérdida de control, comes a escondidas, aparece culpa intensa o intentas compensarlo con ayunos, vómitos o ejercicio excesivo. En lugar de etiquetarte como “ansiosa”, busca apoyo psicológico y nutricional con experiencia en conducta alimentaria.

Antes de comer por impulso, pregunta qué necesitas: descanso, conexión, una comida completa, alivio del estrés o simplemente disfrutar algo. No siempre podrás cambiar la elección, y no pasa nada. El registro sirve para reconocer patrones, no para castigarte.

Un cambio que sí puedas sostener

  • Elige una comida del día para agregar verduras, fruta o una fuente de proteína.
  • Cambia una bebida azucarada por agua o una alternativa que realmente te guste.
  • Camina diez minutos después de una comida si tu cuerpo lo permite.
  • Protege una hora de sueño y observa cómo cambia tu hambre al día siguiente.
  • Revisa tu plan cada dos semanas con curiosidad, no con castigos.

Un hábito saludable no tiene que producir una bajada rápida de peso para ser valioso. Mejorar la presión, la glucosa, la fuerza, el descanso, la digestión o tu relación con la comida también cuenta. Si deseas perder peso, hazlo con expectativas realistas y un plan que proteja tu salud física y emocional.

Fuentes consultadas: información del NIDDK sobre los factores que influyen en el peso y recomendaciones de los CDC sobre alimentación, actividad, sueño y estrés.

Preguntas frecuentes

¿Saltarme comidas hace que engorde?

No necesariamente. El efecto depende de lo que comes durante el día, tus necesidades y tu salud. Si saltarte comidas te deja con hambre intensa y terminas comiendo sin control, una estructura más regular puede ayudarte.

¿El agua ayuda a bajar de peso?

El agua no quema grasa ni elimina toxinas. Sustituir bebidas azucaradas por agua puede reducir calorías, y una hidratación adecuada apoya funciones normales del cuerpo. La cantidad debe adaptarse a tu situación.

¿Cuándo debo consultar por un aumento de peso?

Pide orientación si el cambio es rápido, no tiene una explicación clara, aparece con hinchazón o falta de aire, modifica mucho tu ciclo, coincide con un medicamento nuevo o se acompaña de pérdida de control y culpa al comer.