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Bienestar

¿Necesitas hacer más ejercicio? Cómo saberlo sin obsesionarte

Por Dra. Mariana Ruiz 6 min de lectura

Pasas muchas horas sentada, subes un piso por las escaleras y te falta el aire. O quizá caminas cada día, pero te preguntas si deberías entrenar más para que el ejercicio “cuente”. La respuesta no está en tu talla, en un bikini ni en una prueba de voluntad. Está en cuánto te mueves, cómo responde tu cuerpo y qué actividad puedes sostener sin lesionarte.

La actividad física incluye caminar, bailar, pedalear, nadar, jugar, desplazarte, hacer tareas domésticas y entrenar. Todo movimiento suma. La recomendación general ofrece una referencia, no un examen que debas aprobar de una semana a otra.

Señales de que puedes beneficiarte de moverte más

Tal vez te convenga aumentar poco a poco tu actividad si pasas casi todo el día sentada, te cuesta realizar tareas cotidianas por falta de condición, tienes poca fuerza o equilibrio, o el movimiento se limita a esfuerzos aislados. También puede ser una buena idea si buscas dormir mejor, reducir la tensión o proteger tu salud cardiovascular.

El sedentarismo no se define por no ir al gimnasio. Puedes caminar media hora y permanecer sentada las otras diez horas del día. Interrumpe los periodos largos de quietud: levántate para tomar agua, camina mientras hablas por teléfono, estira las piernas o haz una tarea breve. Son acciones pequeñas, pero reducen el tiempo continuo de inactividad.

La referencia semanal para adultos

La OMS recomienda a las personas adultas acumular entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, o una combinación equivalente. También aconseja ejercicios de fuerza que involucren los principales grupos musculares al menos dos días por semana.

Moderada significa que respiras más rápido, pero todavía puedes conversar. En una actividad vigorosa te cuesta mantener una conversación completa. No tienes que alcanzar el máximo de inmediato. Si hoy haces poco, cinco minutos de caminata son un comienzo válido. Aumenta la duración, la frecuencia o la intensidad de una en una.

La cantidad adecuada es la que mejora tu capacidad para vivir y se adapta a tu cuerpo. Más ejercicio no siempre es mejor si te deja lesionada, exhausta o con miedo a descansar.

Qué tipo de ejercicio necesitas

La actividad aeróbica eleva la respiración y el ritmo cardiaco. Caminar a paso ligero, bailar, nadar o andar en bicicleta son ejemplos. La fuerza trabaja músculos y ayuda a conservar funciones como subir escaleras, cargar bolsas o levantarte de una silla. El equilibrio y la movilidad también merecen atención, sobre todo con el paso de los años.

  • Combina caminatas, bicicleta, baile u otra actividad que disfrutes.
  • Practica fuerza con tu peso, bandas, mancuernas o máquinas, según tu experiencia.
  • Incluye movimientos de equilibrio si te sientes insegura al caminar o si eres mayor.
  • Haz movilidad suave como complemento, sin forzar una articulación.
  • Deja días o momentos de recuperación cuando tu cuerpo lo necesite.

Una clase intensa no es superior a una caminata si la caminata es la actividad que puedes mantener. Tu elección puede cambiar según tu tiempo, presupuesto, acceso a espacios seguros, ciclo de vida, dolor, discapacidad o estado de ánimo.

Cómo saber si estás avanzando

Olvida las pruebas que comparan tu cuerpo con el de otras personas. Observa indicadores funcionales: ¿puedes caminar un poco más sin agotarte?, ¿te recuperas mejor?, ¿cargas las compras con más facilidad?, ¿duermes mejor?, ¿sientes más estabilidad? También registra dolor, cansancio y disfrute. Un reloj puede contar pasos, pero no define tu salud ni debe hacerte ignorar las señales del cuerpo.

Si tu meta es reducir el riesgo de una enfermedad, la cifra de minutos es solo una parte. La presión arterial, el colesterol, la glucosa, el sueño, el tabaco, la alimentación, el estrés y los antecedentes familiares también importan. No suspendas medicamentos ni cambies un tratamiento porque empezaste a hacer ejercicio.

Empieza si has estado inactiva

Elige una ruta corta, una canción para bailar o una secuencia de ejercicios sentada. Hazlo dos o tres días esta semana y aumenta unos minutos cuando la recuperación sea cómoda. Calienta con movimientos suaves y termina bajando el ritmo. El cansancio muscular leve puede ser esperable; dolor agudo, hinchazón o cojera indican que debes detenerte.

Una forma sencilla de construir una semana podría ser caminar diez minutos después de comer tres días, practicar fuerza con ejercicios básicos dos días y levantarte cada hora durante la jornada. Adapta los días a tu horario. Si solo logras una parte, conserva esa parte y vuelve a intentarlo.

Si tienes dolor o una enfermedad

La artritis, el dolor lumbar, la diabetes, la hipertensión, la obesidad, una enfermedad cardiaca o una lesión no significan que debas permanecer inmóvil. Pueden requerir un plan más gradual y ejercicios adaptados. Un médico, fisioterapeuta o profesional del ejercicio puede ayudarte a elegir la intensidad, los apoyos y los movimientos apropiados.

Durante el embarazo y el posparto, muchas personas pueden mantenerse activas, pero la actividad debe adaptarse a la evolución y a las indicaciones del equipo de atención. Si tienes sangrado, dolor intenso, pérdida de líquido, mareo, falta de aire fuera de lo habitual o contracciones dolorosas, detente y solicita orientación.

Señales para detenerte y pedir ayuda

Suspende el ejercicio y busca atención urgente ante dolor o presión en el pecho, dificultad importante para respirar, desmayo, confusión, debilidad repentina, palpitaciones intensas o dolor que se extiende al brazo, espalda, mandíbula o cuello. No intentes “aguantar” para terminar la rutina.

Una molestia localizada que persiste, una articulación hinchada, debilidad que empeora o dolor nocturno necesita valoración. También pide ayuda si el ejercicio se vuelve compulsivo, te impide comer o descansar, o te genera culpa cuando no puedes cumplir. La actividad física debe acompañar tu vida, no ocuparla por completo.

Haz que moverte sea más fácil

Deja los tenis cerca de la puerta, elige una actividad que no dependa de pagar una mensualidad y pide compañía si te cuesta empezar. Busca espacios seguros, horarios con menos calor y ropa cómoda. Si te aburre entrenar sola, prueba música, una clase comunitaria, una caminata con alguien o una actividad que aprendías de niña.

Descansar no borra tus avances. Hay días de menstruación, dolor, mal sueño, trabajo intenso o cuidado de otras personas en los que la versión adecuada es estirar cinco minutos o recuperar energía. Retomar después de una pausa forma parte de una rutina saludable.

Fuentes consultadas: recomendaciones de la OMS sobre actividad física semanal y beneficios descritos por los CDC para personas adultas.

Preguntas frecuentes

¿Necesito ir al gimnasio para hacer suficiente ejercicio?

No. Caminar, bailar, pedalear, nadar, hacer tareas activas y entrenar en casa cuentan. Elige una combinación de actividad aeróbica, fuerza y movilidad que puedas realizar con seguridad.

¿Qué pasa si no alcanzo 150 minutos?

Haz lo que puedas y aumenta gradualmente. Cualquier cantidad de movimiento es mejor que permanecer inactiva, y las sesiones breves pueden acumularse durante la semana.

¿El ejercicio debe hacerme sudar mucho?

No. La intensidad moderada puede elevar tu respiración sin impedirte conversar. La fuerza y el movimiento suave también aportan beneficios; sudar no mide por sí solo la calidad de una sesión.

¿Cuándo debo consultar antes de empezar?

Pide orientación si tienes una enfermedad, lesión, dolor persistente, embarazo, síntomas al hacer esfuerzo o llevas mucho tiempo inactiva y quieres comenzar con intensidad alta. Detente ante dolor de pecho, desmayo o dificultad importante para respirar.